Publicación exclusiva sobre la hipótesis de las paleovisitas extraterrestres
CONTCTO
 

DONDE LA OSCURIDAD TIENE SU MORADA

Testimonios sorprendentes

sobre el mundo subterráneo de

las cavernas.


SCOTT CORRALES

SCOTT CORRALES

EUA

www.geocities.com/INEXPLICATA2000/

 

 

Nos internaremos en el mundo subterráneo de las cavernas, llevados por la mano del buen Séneca, quien dijo lo siguiente en su tratado  Naturales Quaestiones : “Aún antes del reinado de Filipo de Macedonia, los hombres se abrieron paso en el mundo de las cavernas, donde resulta imposible distinguir la noche del día, y penetraron los lugares más recónditos. Vieron grandes y poderosos ríos, enormes lagos inmóviles, y panoramas que les hicieron temblar de miedo, pues habían descendido a un mundo en el que la naturaleza está de cabeza. El suelo colgaba sobre sus cabezas (¿estalactitas?) y escucharon el silbido sordo del viento en las penumbras. En las profundidades, aterradores ríos conducían a la nada en una oscuridad perpetua e inhumana. Después de tantas proezas, estos hombres ahora viven temerosos, tras haber desafiado las llamas del averno”. (Boston: Loeb Classical Library, 1971). El filósofo estoico que fuera preceptor de Nerón apuntó también que esos vientos podían tener tal fuerza que era la causa de los devastadores terremotos que sacudieron el mundo antiguo – ya comenzaba a verse el intento por parte de los sabios en encontrar causas a los fenómenos sin la necesidad de adjudicarlas a cierta deidad u otra. No sabemos si el gran filósofo nacido en Córdoba transmitió a Nerón su curiosidad por las cavernas y las entrañas de nuestro planeta, pero sí tenemos constancia de que el emperador despachó una expedición al norte de África bajo el mando de Celesio Baso, vecino de Cartago, para localizar una serie de cuevas supuestamente llenas de tesoros. Aunque el legado del emperador regresó con las manos vacías, se cree que la leyenda de dicha caverna de tesoros pudo haber sobrevivido para inspirar la gruta de Ali Baba en Las mil y una noches.

 

El mundo de las cavernas tuvo un gran atractivo para nuestros antepasados. En todos los continentes, estos espacios oscuros pasaron de ser meros lugares de cobijo – a menudo arrebatados a un oso u otro animal salve – a convertirse en santuarios en los que veneraban fuerzas elementales o totémicas. Lugares que conocemos por sus denominaciones contemporáneas, como Lascaux y Altamira en Europa y Guitarrero y Lauricocha en las Américas. Resulta casi incomprensible imaginar a nuestros ancestros enfrascados en la dura tarea de ilustrar complejas escenas de caza que son bellas desde nuestra perspectiva, en la oscuridad de las grutas, asistidos sólo por la luz de las antorchas.

 

Un sinnúmero de culturas considera que el origen de su pueblo se remonta a una cueva específica. Los taínos del Caribe, por ejemplo, afirmaban haber salido de las entrañas de la Caverna de las Maravillas en la actual isla de La Española. La cara opuesta de esta creencia mantiene que las cavernas son lugares ocupados por seres inmundos. La mitología asigna algunos de sus elementos menos inspiradores a estos sitios, como el caso de las brujas trogloditas de Tesalia en la tradición griega, o  a dragones, gnomos y otros seres en la tradición germánica; los estudiantes de literatura anglosajona siempre comienzan sus estudios con la lectura del temerario Beowulf internándose en las profundidades para inmolar al temido Grendel.

 

Pero este trabajo no tiene por mira examinar situaciones ficticias ni las asociaciones psicológicas de las cavernas: en nuestro propio siglo XXI, bisecado por la superautopista informativa y al borde de la realidad virtual, persiste la creencia de que estos sitios siguen representando una fuente de pasmo y de miedo.

 

En diciembre de 2006, la cadena Discovery transmitirá un especial televisivo sobre las extrañas cavernas localizadas por expertos en el monte Roraima de Venezuela – oquedades de millones de años de edad donde las telarañas han pasado a convertirse en estalactitas y los microbios se alimentan de sílice. Pero hay cavernas más extrañas aún, vinculadas al mundo de lo paranormal.

 

 

El alucinante mundo intraterreno

 

Las experiencias del esoterista Alan Greenfield – cuyos escritos buscan el vínculo entre el fenómeno ovni y el ocultismo – difícilmente se comparan con las legendarias peripecias del Alan Quartermain de H.Rider Haggard, pero representan un buen punto de partida para nuestro trabajo.  En su obra Secret Cipher of the Ufonauts (Atlanta: Illuminet Press, 1993), Greenfield aborda el tema de las cavernas en una entrevista con un tal “Terry R. Wriste” (seudónimo fonético y jocoso, que significa “desgárrate las muñecas”), presentado como “escritor de temas relacionados con la guerrilla urbana de los ’60”. En el transcurso de la charla entre estos personajes, el tema del siempre controvertido Richard Shaver – defensor de la existencia de los seres intraterrestres conocidos como “deros” o “robots detrimentales” que aquejan a la humanidad y controlan su forma de pensar – sale a relucir, y el guerrillero urbano hace el siguiente comentario a Greenfield: “Sería allá por 1961 o ’62. Ray Palmer [antiguo director de la revista FATE] estaba reeditando muchos materiales [escritos por] Shaver en 1940 sobre el mundo subterráneo, que según Shaver, estaba ocupado por una civilización antediluviana que se había trasladado a las entrañas de la tierra, aunque Palmer y sus seguidores apostaban por una realidad mas esotérica, como la cuarta dimensión o algo así...pues bien, Dick Shaver tuvo problemas con la ley, abandonó Wisconsin y fue a esconderse. Curiosamente, fue durante este momento que obtuve su dirección y me relacioné con un grupito de guerrilleros a ultranza que habían decidido – sin mediar un solo concepto metafísico – internarse en las cavernas para matar a los bastardos que controlaban nuestras mentes. Dick le había dado instrucciones a varios grupos anteriores, y algunos de ellos habían ido. La mayoría no regresó, pero algunos lo hicieron, entre ellos un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se descubrieron una caverna cerca de Dulce, Nuevo México...”

 

Para los lectores que no estén familiarizados con la obra de Richard Shaver, el mundo subterráneo de los “deros” se conecta al nuestro a través de una serie de cavernas y pozos, muchas veces debajo de nuestras propias urbes. Aunque la mayor parte de este “mito” ha sido rechazado como ciencia-ficción de pésima calidad, seguiremos con la relación del Sr. Wrist.

 

 “Esto habría sido en 1948, y este tío y su equipo se internaron a través de una puerta y hacia abajo, a lo largo de lo que parecía ser un tiro de elevador sumamente antiguo hasta parar en una urbe intraterrena, donde localizaron a los “deros” y – según me contó – destruyeron algunas máquinas...no le creí, pero el mismo Shaver nos había dado algunas ubicaciones aquí mismo en el sur de los EE.UU. que según él, eran las cavernas que conectaban al mundo interior...el norte de Georgia en donde se encuentra el bosque estatal de Chatahoochee, el sur de Carolina del Norte y el condado de White en Georgia.”

 

En este momento del alucinante intercambio, el escritor le pregunta a su misterioso entrevistado: “Así que tú y tu grupo de paramilitares buscaron la entrada al mundo intraterreno. ¿Y qué pasó entonces?”

 

“Se abrió una puerta y entramos. Íbamos mucho mejor armados que el grupo en la década de los ’40. Éramos un grupo variopinto – veteranos recientes de la guerra de Vietnam, fugitivos de las brigadas armadas de resistencia contra la guerra de Vietnam, y un fulano que había luchado con los Panteras Negras. Éramos diez en total... descendimos y hacía mucho frío. Pensé que Shaver efectivamente había estado en este sitio, y que se trataba de una antigua concesión minera, hasta que pude escuchar el zumbido. Para entonces ya estábamos en una especie de caverna, una oquedad excavada artificialmente e iluminada con un resplandor verde y difuso que no provenía de ninguna fuente identificable. De todos modos, la zona parecía más una de las bases alienígenas que se mencionan en la actualidad y no una de las ciudades de Shaver. Nos enfrentamos con unos seres diminutos y de color gris – humanoides a grandes rasgos – y uno de los nuestros exclamó “¡dero!” y abrió fuego. Tenía un subfusil M-1, si mal no recuerdo. Un solo disparo, pero la pequeña criatura gris se iluminó repentinamente de color azul y desapareció. Escuchamos un sonido y sentí que mi propia arma – un M-16 – se volvía intolerablemte caliente. La dejé caer al suelo y me di la vuelta para salir corriendo. En ese momento vi dos criaturitas que me amenazaban con una red. Parece que la sugestión mental que me hizo soltar el subfusil  no aplicaba a la vieja pistola Luger que llevaba en mi cinturón, y una de las criaturillas recibió la sorpresa más desagradable de su vida. Explotó, mientras que la otra criatura soltó la red y salió corriendo, corriendo pendiente arriba. La perseguí, escuchando el zumbido y el ruido de ráfagas de balas y explosiones detrás de mí. Pero cuando salimos a la luz, el diminuto ser desapareció... de nuestro grupo, tres regresan a la superficie. Uno moriría de leucemia al año de haber tenido la experiencia.”

 

A estas alturas, el diálogo entre el controvertido Greenfield y el Sr. Wriste pasa de las aventuras intraterrenas a los códigos utilizados por Aleister Crowley para comunicarse con los “jefes secretos”, dejando a lector más perplejo que nunca en cuanto a la realidad o irrealidad de los hechos.

 

Pero las experiencias que han tenido otros con estos sitios subterráneos no pueden pasarse por alto. Ron Calais, veterano investigador de lo forteano, señala la odisea vivida por los mineros David Fellin y Henry Throne, supervivientes del colapso de una mina de carbón en el estado de Pennsylvania en 1963. Tras su rescate, ambos mineros afirmaron haber visto una enorme puerta abrirse en una de las galerías de la mina, revelando la presencia de unas escalinatas de mármol bañadas de luz azul, y seres vestidos en “atuendos extravagantes” que los miraban fijamente. Fellin y Throne juraron que su experiencia no había sido una alucinación producida por la presencia de gases venenosos o por la falta de oxígeno. Y casi una certeza que ambos supervivientes no tenían conocimiento alguno de las experiencias de Alfred Scadding, el único que sobrevivió al trágico desastre de la mina Moose River en 1936. Después del desplome, Scadding y algunos compañeros de trabajo que aguardaban el rescate juraron haber escuchado el sonido de carcajadas y gran regocijo proveniente de una de las galerías. Pensaron que tal vez estaban escuchando juegos infantiles en la superficie, cuyos sonidos se filtraban a través de algún respiradero. “No había ningún desfogue, pero lo escuchamos claramente. Risas y alboroto, como de gente que se divertía. El sonido duró veinticuatro horas.” (Steiger, Brad.  Atlantis Rising. NY: Signet, 1975).

 

Más sorprendente aún es el testimonio de Glenn Berger, inspector de minas para el estado de Pennsylvania, quien informó a las autoridades estatales que el derrumbe de la mina carbonera de Dixonville en 1944 no había sido un accidente, sino “un ataque por seres capaces de manipular la tierra y cuyos lares habían penetrado los mineros”. Como si de un cuento de H.P. Lovecraft se tratara, el inspector Berger apuntó que los mineros no murieron aplastados, sino a consecuencia de heridas producidas por grandes garras. Uno de los sobrevivientes dijo haber visto una criatura “inmunda” que causó el derrumbe. El informe del inspector fue mencionado por primera vez en una nota de prensa por Stoney Brakefield en el periódico Extra en julio de 1974.

 

El mismo año en que se produjo el desastre de Moose River, Jack McKenna, autor del libro Black Range Tales (Rio Grande Press, 1969) tendría su propia experiencia con los enigmas que circulan en el mundo bajo nuestros pies. Según el autor, había tenido la oportunidad de ver la manera en que dos doncellas amerindias parecían caminar directamente hacia la pared de un desfiladero, sólo para salir con cubetas de agua para darle a sus burros. Intrigado, McKenna y su amigo, Cousin Jack, se acercaron para descubrir una grieta que abría paso a una cueva oculta que contenía un manantial. Al día siguiente, los dos amigos se propusieron explorar la cueva, pensando tal vez hallar oro o minerales dejados atrás por bandidos. No habían avanzado mucho en su exploración cuando se toparon con huesos humanos, escuchando una voz que suplicaba clemencia. El lector se podrá imaginar la velocidad con que abandonaron el lugar.

 

 

 

La misteriosa cueva de los montes Tatra

 

Desde las costas del Báltico hasta las escarpadas cuestas de los Cárpatos, los países de Europa Oriental siempre han sido considerados como bastante misteriosos.  Estos misterios no necesariamente tienen que ver con los vampiros – el producto de exportación más conocido de esta región – sino con enigmas arqueológicos y geológicos de alta extrañeza.

 

Uno de estos lugares es la actual república checa – la Bohemia de los mapas antiguos – cuyas montañas encierran varios misterios que aún aguardan investigación. En la cuenca del río Vltava, al sur de Praga, pueden encontrarse asentamientos celtas, megalitos y misteriosas piedras circulares. Cerca de la población de Zdikov se encuentra “la montaña de los gigantes”, un cerro coronado por murallas y lo que aparecen ser restos de fortificaciones que no corresponden a las invasiones bárbaras de los siglos IV al VII. Estructuras parecidas existen en los montes que rodean los poblados de Sumava y Cesky Les. Pero fue en Zdikov donde se produjo un hallazgo extraordinario en el siglo XVIII – el fémur de un supuesto gigante.

 

De acuerdo con la investigadora checa Jana Hanka, los vecinos afirmaban el enorme hueso (que casi seguramente correspondía a algún reptil prehistórico) correspondía a los gigantes que en su momento vivieron en aquella comarca. Tan grande era el hueso que los vecinos lo colocaron sobre un riachuelo y lo usaron de puente. Pero doscientos kilómetros al este de Praga, en la ciudad de Zdad nad Sazavou, se rumora que los labriegos dieron con la osamenta de una mujer gigante cubierta con una extraña armadura, caso que recuerda a los gigantes hallados en el continente americano.

 

¿Fueron dichos gigantes los creadores de la intrigante estructura sepultada en la roca viva de las cordilleras de la Bohemia Checa que describió el doctor Antonin Horak?

 

Horak, quien en 1944 ostentaba el rango de capitán en la rebelión checa contra los nazis, descubrió una estructura rarísima que describió como un “tiro de pozo” de piedra lisa claramente artificial que existía al final de una cueva cerca de las aldeas de Lubocna y Plavince. El relato del doctor Horak, que recuerda poderosamente a cualquier experiencia vivida por un personaje de H.P. Lovecraft, tomó lugar el 23 de octubre de 1944 mientras que los partisanos buscaban dónde refugiarse y recuperarse después de una “razzia” contra la Wehrmacht del Tercer Reich. Las referencias que tenemos al respecto nos llegan de la mano del mismo Horak, publicadas en marzo de 1965 en el boletín NSS News (Sociedad Espeleológica Nacional).

 

Tras de describir una cruenta batalla contra los alemanes durante una nevada, el autor pasa a describir la manera en que un granjero llamado Slavek se ofrece a ocultar a los sobrevivientes de la refriega dentro de una gruta. Antes de entrar a la gruta, el granjero se persigna de manera muy ceremoniosa, y una vez dentro, le pide a Horak que le prometa no internarse en las profundidades de las cavernas, ya que se trataba de un lugar “encantado”. El aguerrido soldado, más preocupado en buscar una salida alternativa a la cueva o descubrir la madriguera de algún oso que pudiese atacar a sus hombres, hace caso omiso de las advertencias del granjero y se dispone a explorar la cueva. “Comencé mi inspección de la caverna”, escribe Horak, “con un rifle, una linterna, antorchas y pico. Después de una caminata ni muy torcida ni azarosa, pude atravesar algunos sitios apretados, tomando siempre los pasadizos más fáciles y marcando los pasadizos laterales. Después de 1 ½ horas conseguí ganar un pasadizo largo y nivelado, que terminaba en un agujero del tamaño de un barril”.

 

El partisano logra franquear el agujero casi arrastrándose para encontrar una maravilla siniestra: algo que parecía un gran silo negro, descansando sobre un fondo blanco. Pensando que se trataba de una cortina natural de carbón, sal negra, hielo o lava, Horak se dispuso a tocarla, haciendo un descubrimiento que le causaría bastante azoro: “Me quedé perplejo, luego sorprendido, cuando me di cuenta que se trataba del flanco – tan liso como el vidrio – de una estructura hecha por la mano del hombre que ocupa las rocas por todas partes. Su curvatura, bella y cilíndrica, indica que se trata de un cuerpo enorme con un diámetro de unos veinticinco metros. Las estalagmitas y estalactitas constituyen el marco de blanco refulgente que rodea esta estructura en los puntos en que se encuentra con las rocas...”

 

La imaginación nos lleva a pensar, en este momento, en la lustrosa piedra negra e indestructible con que J.R.R. Tolkien fabrica la torre de Orthanc en su epopeya” El Señor de los Anillos”. Pero estamos en las montañas del centro de Europa en plena guerra mundial, y en vez de un explorador tenemos a un partisano que busca una vía de escape alternativa y no tesoros ni maravillas. Horak descubre que esta estructura primigenia parece combinar las propiedades del acero, pedernal y caucho tras de atacarla con su pico, que no hizo mella en la superficie y rebotó fácilmente. A estas alturas Horak comienza a sentir cierto temor sobre una estructura desconocida en una montaña ignota, pero descubre una grieta en la pared; arroja una antorcha a través  de esta abertura y puede escuchar un sonido parecido al de “un azadón caliente que hace contacto con un balde de agua”. 

 

Al día siguiente, mientras que sus compañeros de batalla descansaban y consumían las provisiones que les habían traído los granjeros a la caverna, Horak decidió internarse de nuevo en las profundidades para proseguir su investigación. Esta vez logró internarse físicamente en la grieta, sufriendo cortaduras producidas por las filosas piedras en su interior, para describir un pavimento al otro lado que tenía la misma sensación de suavidad que la misteriosa pared.  “La lámpara seguía ardiendo a mi lado, pero se escuchaban sonidos confusos. Encendiendo algunas antorchas, puede ver que me encontraba dentro de un tiro de pozo curveado y negro con forma de creciente y casi vertical. No puedo descubrir los susurros sombríos e interminables, los crujidos y sonidos rugientes, ecos anormales de mi propia respiración y mis movimientos...

 

Horak cierra su escrito diciendo: “Soy un individuo de formación académica pero me veo obligado a admitir que entre aquellas peñas negras, satinadas y matemáticamente curveadas me sentí como si fuera presa de un poder sumamente extraño y maligno...durante mi última visita al lugar, examiné la ladera de la montaña sobre la zona y no encontré ni sumideros ni pozos, las supuestas conexiones al “tiro de pozo de la luna”. Pero en estas escarpadas pendientes de los montes Tatra, es muy posible que las avalanchas hayan arrasado o rellenado cualquier conexión parecida”.

 

 

 

¿Quién vive en las profundidades?

 

La cueva conocida como Devil’s Hole (agujero del diablo) en el estado de Arkansas resulta interesante, ya que se trata de la morada del legendario lagarto devorador de humanos denominado “Gowrow”. En 1890, E.J. Rhodes, propietario del terreno en el que ubica la caverna, hizo que sus obreros bajaran cientos de pies de cuerda con una barra de hierro para medir su profundidad. El barrote hizo impacto contra algo sólido y los obreros escucharon un sonido siseante, como el que produce una bestia hostil. Al sacar la cuerda, comprobaron que el lingote de hierro estaba torcido y supuestamente con mordeduras. Los trabajadores volvieron a bajar una piedra, y escucharon el mismo siseo que antes – pero en esta ocasión, la piedra quedó cortada de la cuerda. No hay pruebas de que el Sr. Rhodes realizara más pruebas para sondear la cueva.

 

El “Gowrow” no es el único morador de las profundidades de la meseta Ozark que ocupa el estado de Arkansas. La población de Cushman en dicho estado goza de gran fama regional por sus profundas cavernas, en las que exploradores han enfrentado todo desde gases venenosos, fenómenos electromagnéticos, desapariciones inexplicadas e insectos gigantes. Una de estas cuevas lo es “Blowing Cave”  (la caverna de los soplos, que recuerda a las observaciones de Séneca sobre las cuevas y los vientos) en la zona minera al noroeste de Cushman. Entre la gran entrada al sistema subterráneo y el lago que domina sus profundidades, existe un sendero que conduce a lo largo de un campo de escoria. A mitad del sendero hay una fisura en la tierra que supuestamente conduce a niveles más profundos que no han sido explorados oficialmente.

 

En 1966, los periódicos de la australiana ciudad de Darwin transmitieron la noticia de que una operación de perforación de pozos había dado con extraños restos animales a ciento dos pies de profundidad.

 

Norman Jensen, avezado perforador de pozos de agua, había estado enfrascado en su labor a quince millas del asentamiento Killarney, 350 millas al sur de Darwin en los Territorios del Norte. La broca de Jensen – según los escritos – había perforado las capas esperadas de arcilla y arenisca cuando a los ciento dos pies de profundidad, la broca cedió, como si hubiese hecho contacto con una superficie blanda, descendiendo rápidamente a los ciento once pies. Seguro de  haber dado con el manto freático, Jensen hizo bajar una bomba para comprobar la calidad del agua. Pero en vez de producir el ansiado líquido, el aparato expulsó una cantidad de tejidos, pelo, huesos y cuero.

 

El perforador dio parte a las autoridades sobre su macabro hallazgo, diciéndole al condestable local que jamás había visto nada parecido en su vida. Las sustancias permanecieron en el patio del asentamiento Killarney, donde fueron consumidos por los pollos que cuidaban los dueños, aparentemente sin efectos nocivos.

 

La Dirección de Salubridad de la ciudad de Darwin informó al rotativo que las muestras eran mayormente de pelo y carne, y que se habían remitido mas muestras a los laboratorios de la ciudad de Adelaide sin que se obtuviese una respuesta definitiva. Según la opinión del profesor W.A. Langford, titular del ministerio, existía la posibilidad remota de que el tejido pudiese ser humano (Revista Fate, Septiembre 1966)

 

Si los restos australianos pueden atribuirse a una especie de topo gigante o criatura aún desconocida para la ciencia, ¿qué podemos pensar de la caverna en Turquía cuyo “récord” de desapariciones obligaron al gobierno turco a cerrar su entrada con barrotes?

 

La cueva de Pamukkale, denominada  “Plutonion” (Πλουτωνειον) por los antiguos y adyacente a las ruinas del antiguo templo al dios Apolo en la ciudad helenística de Hierapolis, siempre fue considerada de mal agüero por la cantidad de personas que morían o desparecían en ella.  El filósofo Estrabón comentó que los animales que se internaban en dicha caverna no volvían a salir, y que muchos humanos que franqueaban el umbral habían desaparecido también, agregando el detalle de que los hechiceros habían pactado con Hécate para permitir su entrada y salir  de ella “bañados en un resplandor rojo”. La revista OMNI para el mes de enero de 1989  incluyó una entrevista con Sheldon Aronson, catedrático de microbiología en la Queens College de Nueva York, quien comentó sobre la desaparición de un grupo de estudiantes australianos justo antes de su visita a Pamukkale. “Los turcos clausuraron la entrada a la cueva para impedir que entraran otros. Hasta donde tenemos conocimiento, nunca se volvió a saber de los australianos”. Aunque bien puede decirse que las desapariciones fueron consecuencia de los gases venenosos, o tal vez bandidaje, la antigüedad de la mala fama del Plutonion no deja de ser sorprendente, y trae a colación otras desparaciones supuestamente producidas en la isla de Malta.

 

La prestigiosa – y lamentablemente desaparecida – revista PURSUIT, órgano de difusión de la organización SITU creada por el legendario criptozoologo Ivan Sanderson,  presenta en su número del verano de 1978 un escrito del doctor Ron Anjard. Este estudioso afirmó tener conocimiento personal sobre la existencia de más de cuarenta ciudades subterráneas, media docena de ellas en la costa oeste de América del Norte. Según el trabajo, Anjard obtuvo su información partiendo de una serie de entrevistas con fuentes amerindias, llevándolo a concluir que ciertas tribus aún mantienen la tradición de lugares subterráneos ocupados por seres humanos. Más atrevida es la afirmación hecha por el Dr. Hank Krastman, sugiriendo que los indios hopis “se mantienen en contacto con sus primos subterráneos hasta el sol de hoy”. Los hopis intraterrenos, según Krastman, huyeron de los anglosajones y se refugiaron en las ciudades abandonadas del West norteamericano. Si consideramos la existencia de la subterránea Derinkuyu en Turquía, que se mantuvo habitada por siglos sin que los imperios que controlaron Anatolia tuviesen conocimiento de ella, la sugerencia del letrado no resulta tan extravagante como pudiese parecer al principio.

 

 

 

EL AUTOR ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios idiomas, en las más importantes revistas especializadas en ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.

 

 

© Scott Corrales, 2006  – Todos los derechos reservados.

 Reproducido con permiso expreso del autor

 

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