Publicación exclusiva sobre la hipótesis de las paleovisitas extraterrestres
CONTCTO
 

LOS PUEBLOS OLVIDADOS

Muy antiguas leyendas de

Norteamérica refieren la existencia

de ciudades subterráneas habitadas

por tribus desconocidas y seres

gigantes.


SCOTT CORRALES

SCOTT CORRALES

EUA

www.geocities.com/INEXPLICATA2000/

 

Basta con abrir cualquier libro de historia universal que aborde el tema de las civilizaciones que existieron en el continente americano antes de la llegada de Colón a Guanahaní en 1492 (o la llegada de Leif Erikson a Vinlandia, si se prefiere). Las tierras que van desde el estrecho de Bering hasta el golfo de México, nos informarán los textos, estaban mayormente vacías, pobladas por escasas tribus que vivían en las planicies o en los bosques, dedicados a la caza y la agricultura. La construcción de grandes civilizaciones estaba reservada a Mesoamérica y la cordillera de los Andes, cunas de culturas impresionantes y cuyo adelanto superaba por leguas el de las tribus que existían más allá de sus fronteras.

 

En América del Norte conocemos estas tribus poco avanzadas por sus nombres: los inuit que persisten hasta nuestros días en el círculo polar, los chippewa de los Grandes Lagos, los iroquois de los bosques de lo que sería Nueva York y cientos de agrupaciones pequeñas, algunas que formaron comunidades religiosas impresionantes como Cahokia y los aún desconocidos Anazasi, cuyas ruinas aún pueden verse en el desierto del suroeste de Estados Unidos. Nos dejaron puntas de flechas, un poco de cerámica, algunos objetos de culto y nada más. Las leyendas de estas tribus, sin embargo, siempre dejan claro que las tierras que ocupan en la actualidad fueron ocupadas por otras culturas de las que se conoce poco

 

 

 

Pero... ¿siempre fue así?

 

A pocos kilómetros de donde se escribe este reportaje existe una formación rocosa natural que fue modificada por la mano del hombre en épocas desconocidas. Conocida como “Rock City” (ciudad de las piedras) esta fortificación natural fue utilizada por los indígenas que lucharon contra los ingleses en el siglo XVIII, pero estos defensores no fueron responsables de las modificaciones.  Esta formación modificada yace sobre uno de los depósitos de cuarzo más grandes del continente, y algunas de sus enormes columnas pétreas de 25 metros de altura formaron parte de los ritos de la tribu séneca. Los fuegos rituales encendidos en “Signal Rock”, un promontorio de piedra dentro del recinto, podían verse a 45 millas de distancia en la actual Holland, NY; otra formación rocosa que atrae a miles de visitantes al año es la “piedra oscilante” – un enorme pedruzco que supestamente está perfectamente balanceada sobre un fulcro invisible.

 

Rock City es tan solo  una de muchísimas estructuras claramente artificiales o modificadas por el hombre que se extienden a través de Estados Unidos y el sur de Canadá, sugiriendo la existencia de una sociedad organizada que existió mucho antes de la llegada de las tribus que se enfrentarían a los colonos europeos. Una sociedad que nos legó estructuras, monedas extrañas y leyendas sumamente raras que han sido descartadas por la antropología oficial...un pueblo desconocido que además de erigir fortificaciones, sustrajo más de tres millones de toneladas de cobre de las minas del Lago Superior y creó un impresionante sistema de carreteras. Hay evidencia de que esta civilización también extrajo petróleo de sitios tan dispares como Enneskillen, Canadá y el estado de Kentucky milenios antes del siglo XIX. Las tribus que ocupaban estas regiones a la llegada de los primeros europeos no conocían los metales, ni necesitaban caminos, ni requerían petróleo. Todo un enigma, no cabe duda de ello.

 

Los séneca – sobrevivientes de la poderosa confederación de los iroquois, que desalojaron otras tribus de esta región de Norteamérica – afirman que existió una tribu perdida, los tudulo, que posiblemente hayan sido los habitantes primigenios de la zona. Otras leyendas apuntan a la existencia de gigantescos caníbales – los allegewi – que a pesar de su ferocidad y gran estatura, fueron desalojados por tribus de estatura normal tras grandes batallas de las que aún encuentran restos los arqueólogos (aunque, por supuesto, sin haber hallado las colosales osamentas de los allegewi caídos en batalla). Si tomamos en cuenta que sí existieron primates de altura colosal, como el gigantopiteco (3 –4 metros caminando de forma erguida) y que se han producido avistamientos en nuestros tiempos de “verdaderos gigantes” como los denomina el criptozoologo Loren Coleman, no debemos descartar la posibilidad de una tribu de seres de estatura comparable con la de los “anakim” bíblicos.

 

A comienzos de la década de los ’70, la revista Wild West publicó un trabajo de Ed Earl Repp - escrito en 1899 - acerca de  las investigaciones de los arqueólogos H. Flagler Cowden y su hermano, Charles C. Cowden en torno a los misterios del oeste estadounidense y las antigüedades del desierto. Repp afirma haber estado presente cuando los hermanos Cowden desenterraron la osamenta de uno de los seres humanos de mayor estatura y antigüedad hallados en los Estados Unidos. Los Cowden afirmaron que el fósil se trataba de una hembra gigante que perteneció a una raza de seres antiguos que desaparecieron cien mil años atrás. Carentes de los sistemas de datación radiactiva que disponen nuestros sabios actuales, los hermanos determinaron la edad de los huesos con base a la cantidad de sílice presente en la arena y tierra que rodeaba su descubrimiento, así como el grado de cristalización de la médula ósea. Como si fuera poco, el hallazgo también incluyó osamentas de mamíferos prehistóricos y restos vegetales.

 

Cabe preguntarse qué fue de estos restos, ya que habrán ido a parar al sótano de algún museo. La cúpula antropológica estadounidense suele hacer caso omiso de tales descubrimientos, afirmando que los supuestos hallazgos de gigantes suelen corresponder a mamíferos erróneamente identificados o, en el peor de los casos, intentos por parte de investigadores “creacionistas” por encajar la ciencia con el dogma religioso de las sectas evangélicas (caso de las fascinantes huellas del río Paluxy).

 

Pero el descubrimento de los Cowden no acababa ahí. Escribe Repp que el hallazgo – realizado en el Valle de la Muerte de California – tenía detalles adicionales, tales como la presencia de extraños “botones” a lo largo de la espina dorsal que sugerían la posibilidad de que dichos seres tuviesen cola; los incisivos en la mandíbula de la giganta también eran más grandes que los del hombre neandertal o Cro-Magnon.  Más interesante aún resulta la teoría postulada por estos arqueólogos del siglo XIX en cuanto a la extinción de estos primates: en la lejana época en que estas criaturas caminaron sobre la tierra, el Valle de la Muerte era un pantano tropical; pero la repentina llegada de la primera glaciación tomó por sorpresa a los habitantes de este mundo primigenio, congelándolos con feroces vientos y hielos que acabaron aplastando la zona bajo múltiples capas de lodo glacial.

 

¿Fueron estos seres simios gigantes como el gigantopiteco u otro género de seres que caminaron las tierras del continente americano en la noche de los tiempos? ¿Serían los ancestros de los allegewi expulsados por la llegada de tribus humanas de estatura más corta?

 

 

El reino bajo las montañas

 

En el abrir y cerrar de los ojos hemos ido desde las montañas de Nueva York hasta el Valle de la Muerte. Antes de seguir nuestro viaje en busca de reinos perdidos, detengámonos en las cordilleras que rodean este misterioso valle desértico, cuyas temperaturas son las más cálidas del continente, para explorar un misterio sobrecogedor – el reino bajo las montañas.

 

Para los entusiastas de los libros de J.R.R. Tolkien, el reino bajo las montañas era una de las sedes de los enanos que forjaban metales en la mítica tierra media; la supuesta ciudad que se oculta bajo la cordillera Panamint es un tanto más tenebrosa, ya que en vez de estar ocupada por tozudos enanos enfrascados en sus tareas, es “la ciudad de los Shin-An-Auv” en las tradiciones de los indios paiute.

 

 

Estas leyendas indígenas fueron recogidas por dos autores: Bourke Lee en su libro Death Valley Days y el investigador de los sobrenatural Vincent H. Gaddis en su trabajo Tunnel of the Titans. Ambos autores coinciden que en 1920, Tom Wilson, un explorador indio, afirmó que su abuelo había descubierto las cavernas del Valle de la Muerte y se había pasado tres años explorándolas, entrando en contacto con seres que “hablaban un lenguaje raro, consumían alimentos muy extraños y usaban vestimenta hecha de cuero”.

 

Poco antes de que el taciturno Wilson diera a conocer su historia, el gambusino Albert White sufriría un accidente en una mina abandonada del puerto de montaña de Wingate que confirmaría la narración del indígena: el buscador de oro cayó por un agujero en el piso de la mina, yendo a parar a galerías totalmente perdidas de la antigua operación minera. Abriéndose paso por la galería, White encontró una serie de cuartos en los que silenciosamente imperaba la muerte: cientos de momias vestidas en extrañas ropas de cuero, algunas de ellas colocadas en nichos, otras sobre el suelo, y otras más sentadas en torno a mesas.

 

Pero la sed de oro venció el temor del gambusino ante tan macabro espectáculo: White afirmó haber encontrado lanzas, escudos, estatuillas y pulseras de oro repartidas por doquier. Otras cámaras contenían oro en lingotes y recipientes llenos de piedras preciosas. La arquitectura subterránea parecía corresponder a la megalítica, con enormes losas de piedra que servían de puertas, montadas sobre goznes invisibles. El gambusino White alegadamente regresó varias veces a las catacumbas de los Shin-Au-Av en tres ocasiones, acompañado por su mujer en una de estas visitas y por su socio Fred Thomason en otra.

 

Y sería Thomason el que informaría al escritor Bourke Lee acerca de los detalles del reino bajo las montañas, diciendo que se trataba de un túnel natural de más de veinte millas de extensión que atravesaba la ciudad subterránea, las bóvedas de tesoro, los aposentos reales y las cámaras del consejo, conectándose con otra serie de galerías o respiradores en las laderas de la cordillera Panamint que parecían ventanas y que dominaban el Valle de la Muerte desde una gran altura.

 

El socio del gambusino especuló que dichos respiraderos eran, en efecto, entradas que habían sido utilizados para embarcaciones que navegaron las aguas del Valle de la Muerte – hace más de cien mil años, cuando había agua en dicho lugar.

 

Pero la narración de Bourke Lee no se detiene en ese detalle. Thomason regresó posteriormente con el indio Tom Wilson, actuando de guía para un grupo de arqueólogos profesionales que pudieron poner su natural escepticismo a un lado para ir en pos del misterio, pero no hubo manera de encontrar la entrada a la ciudad perdida de los Shin-Au-Av – como si jamás hubiese existido. Wilson y su grupo encontraron un pozo de mina “que no tenía derecho a estar ahí”,  según cita textualmente Bourke Lee. Al descender, los exploradores encontraron que se trataba de un pozo ciego. Se intercambiaron acusaciones de fraude cual saetas, pero tanto Thomason como Wilson gozaban de buena fama en la región desértica de California y la opinión final fue que algún terremoto había causado el desplome que negó el acceso a la ciudad perdida.

 

¿Existe, pues una ciudad perdida debajo de la cordillera Panamint, legado de una civilización norteamericana que existió hace decenas de milenios? No lo sabemos. Sí es cierto que el Valle de la Muerte y sus regiones aledañas han sido explorados desde el siglo XIX por gambusinos y otros buscadores de fortunas. El más famoso de ellos, “Death Valley Scotty”, consiguió amasar una fortuna considerable y hacía alarde de saber cómo llegar directamente hasta la ciudad perdida, pero se llevó su secreto a la tumba. Como ha especulado el autor George Wagner, es muy posible que la riqueza casi inexhaustible de Scotty, que puede apreciarse hasta el día de hoy en su mansión al borde del Valle de la Muerte, haya provenido de la milenaria ciudad de los Shin-Au-Av.

 

Pero el reino bajo las montañas no desaparecería para siempre.

 

En 1931, F. Bruce Russell, médico jubilado y buscador de tesoros, supuestamente visitó el Valle de la Muerte para explotar una concesión minera cuando – al igual que sucedió con el abuelo de Tom Wilson – la tierra cedió y el gambusino acabó en una cueva que contenía varias habitaciones. Pero en vez de momias vestidas de gamuza y oro por todas partes, Russel encontró varias momias gigantes cuya estatura superaba los ocho pies de estatura (2.5 metros) así como restos de antorchas antiguas que habían sido humedecidas en brea. Más inquietante aún era el montón de enormes huesos animales que ocupaba parte de la cueva.

 

Russell salió del agujero para regresar varias veces en años posteriores, investigando la caverna y los pasillos que la conectaban a otras estructuras bajo la superficie del desierto y a siete millas de su entrada accidental a este mundo de tinieblas. Pudo advertir que muchos de los pasillos habían sido obstruidos para siempre por derrumbes, pero aún así pudo investigar treinta y dos cuevas que parecían ocupar un espacio de ciento ochenta millas cuadradas bajo el Valle de la Muerte y el sureste del estado de Nevada.

 

Uno de los supuestos descubrimientos de mayor interés para Russell fue una sala que conservaba los restos de dinosaurios, tigres diente de sable y mastodontes, colocados de manera ordenada para fines de veneración.

 

En 1946, Russell se acercó a Howard Hill, amigo personal y vecino de Los Ángeles, California, para formar una organización destinada a explotar la indudable importancia de este mundo importancia. Hill y varios asociados acompañaron a Russell y entraron en las tumbas, viendo con sus propios ojos no sólo las osamentas de bestias prehistóricas sino también las momias gigantes.

 

El 4 de agosto de 1947, Howard Hill emitió un comunicado de prensa advirtiendo al mundo sobre el sensacional hallazgo que cambiaría no sólo el concepto existente de la América primitiva, sino de la historia humana. Curiosamente ningún periodista se interesó en el asunto y la ciencia hizo caso omiso. Sumamente molesto, Russell decidió que la única manera de interesar al público sería convocar una rueda de prensa en la que presentarían artefactos extraídos del descubrimiento subterráneo.

 

Una rueda de prensa que, por cierto, jamás llegó a celebrarse.

 

Siempre según Howard Hill, el automóvil que conducía Russell apareció abandonado en el desierto sin rastro de su propietario. En el asiento trasero estaba un portafolios vacío, que supuestamente estaba lleno de dinero y algunas muestras tomadas de las galerías subterráneas. Los familiares del explorador dieron parte a las autoridades, y por más pesquisas que se hicieron, nadie jamás volvió a saber de F. Bruce Russell.

 

¿Un fraude? Siempre existe dicha posibilidad en cualquier empresa humana que pueda suscitar la codicia de los demás. La desaparición inesperada  de Russell sería la mejor manera de desfalcar a sus socios, aunque Hill afirma que los miembros del sindicato vieron con sus propios ojos las maravillas subterráneas. ¿Existirán aún las galerías llenas de osamentas y momias gigantes? Es muy posible, aunque vale la pena aclarar que las pruebas termonucleares realizadas en el desierto de Nevada en la década de los ’50 bien pudieron haber causado derrumbes que destruyeron para siempre los restos de una civilización antediluviana.

 

“El oeste,” escribe Ferenc Morton Szasz en su libro Great Mysteries of the West, “ha sido el nido de una combinación inigualada de tradiciones culturales – la angloamericana, la hispana y la nativoamericana. Cada una se ha valido de sus propias tradiciones populares para contribuir al tema de los misterios del oeste,” agregando que “los misterios del oeste emergen casi naturalmente, surgiendo de la magia de la tierra en sí”.

 

 

 

EL AUTOR ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios idiomas, en las más importantes revistas especializadas en ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.

 

 

© Scott Corrales  – Todos los derechos reservados.

Reproducido con permiso expreso del autor

 

 Prohibida su reproducción sin autorización previa del autor