|
Basta con abrir cualquier libro de historia universal que
aborde el tema de las civilizaciones que existieron en el
continente americano antes de la llegada de Colón a
Guanahaní en 1492 (o la llegada de Leif Erikson a Vinlandia,
si se prefiere). Las tierras que van desde el estrecho de
Bering hasta el golfo de México, nos informarán los textos,
estaban mayormente vacías, pobladas por escasas tribus que
vivían en las planicies o en los bosques, dedicados a la
caza y la agricultura. La construcción de grandes
civilizaciones estaba reservada a Mesoamérica y la
cordillera de los Andes, cunas de culturas impresionantes y
cuyo adelanto superaba por leguas el de las tribus que
existían más allá de sus fronteras.
En América del Norte conocemos estas tribus poco avanzadas
por sus nombres: los inuit que persisten hasta nuestros días
en el círculo polar, los chippewa de los Grandes Lagos, los
iroquois de los bosques de lo que sería Nueva York y cientos
de agrupaciones pequeñas, algunas que formaron comunidades
religiosas impresionantes como Cahokia y los aún
desconocidos Anazasi, cuyas ruinas aún pueden verse en el
desierto del suroeste de Estados Unidos. Nos dejaron puntas
de flechas, un poco de cerámica, algunos objetos de culto y
nada más. Las leyendas de estas tribus, sin embargo, siempre
dejan claro que las tierras que ocupan en la actualidad
fueron ocupadas por otras culturas de las que se conoce poco

Pero... ¿siempre fue así?
A pocos kilómetros de donde se escribe este reportaje existe
una formación rocosa natural que fue modificada por la mano
del hombre en épocas desconocidas. Conocida como “Rock City”
(ciudad de las piedras) esta fortificación natural fue
utilizada por los indígenas que lucharon contra los ingleses
en el siglo XVIII, pero estos defensores no fueron
responsables de las modificaciones. Esta formación
modificada yace sobre uno de los depósitos de cuarzo más
grandes del continente, y algunas de sus enormes columnas
pétreas de 25 metros de altura formaron parte de los ritos
de la tribu séneca. Los fuegos rituales encendidos en
“Signal Rock”, un promontorio de piedra dentro del recinto,
podían verse a 45 millas de distancia en la actual Holland,
NY; otra formación rocosa que atrae a miles de visitantes al
año es la “piedra oscilante” – un enorme pedruzco que
supestamente está perfectamente balanceada sobre un fulcro
invisible.
Rock City es tan solo una de muchísimas estructuras
claramente artificiales o modificadas por el hombre que se
extienden a través de Estados Unidos y el sur de Canadá,
sugiriendo la existencia de una sociedad organizada que
existió mucho antes de la llegada de las tribus que se
enfrentarían a los colonos europeos. Una sociedad que nos
legó estructuras, monedas extrañas y leyendas sumamente
raras que han sido descartadas por la antropología
oficial...un pueblo desconocido que además de erigir
fortificaciones, sustrajo más de tres millones de toneladas
de cobre de las minas del Lago Superior y creó un
impresionante sistema de carreteras. Hay evidencia de que
esta civilización también extrajo petróleo de sitios tan
dispares como Enneskillen, Canadá y el estado de Kentucky
milenios antes del siglo XIX. Las tribus que ocupaban estas
regiones a la llegada de los primeros europeos no conocían
los metales, ni necesitaban caminos, ni requerían petróleo.
Todo un enigma, no cabe duda de ello.
Los séneca – sobrevivientes de la poderosa confederación de
los iroquois, que desalojaron otras tribus de esta región de
Norteamérica – afirman que existió una tribu perdida, los
tudulo, que posiblemente hayan sido los habitantes
primigenios de la zona. Otras leyendas apuntan a la
existencia de gigantescos caníbales – los allegewi – que a
pesar de su ferocidad y gran estatura, fueron desalojados
por tribus de estatura normal tras grandes batallas de las
que aún encuentran restos los arqueólogos (aunque, por
supuesto, sin haber hallado las colosales osamentas de los
allegewi caídos en batalla). Si tomamos en cuenta que sí
existieron primates de altura colosal, como el gigantopiteco
(3 –4 metros caminando de forma erguida) y que se han
producido avistamientos en nuestros tiempos de “verdaderos
gigantes” como los denomina el criptozoologo Loren Coleman,
no debemos descartar la posibilidad de una tribu de seres de
estatura comparable con la de los “anakim” bíblicos.
A comienzos de la década de los ’70, la revista Wild West
publicó un trabajo de Ed Earl Repp - escrito en 1899 -
acerca de las investigaciones de los arqueólogos H. Flagler
Cowden y su hermano, Charles C. Cowden en torno a los
misterios del oeste estadounidense y las antigüedades del
desierto. Repp afirma haber estado presente cuando los
hermanos Cowden desenterraron la osamenta de uno de los
seres humanos de mayor estatura y antigüedad hallados en los
Estados Unidos. Los Cowden afirmaron que el fósil se trataba
de una hembra gigante que perteneció a una raza de seres
antiguos que desaparecieron cien mil años atrás. Carentes de
los sistemas de datación radiactiva que disponen nuestros
sabios actuales, los hermanos determinaron la edad de los
huesos con base a la cantidad de sílice presente en la arena
y tierra que rodeaba su descubrimiento, así como el grado de
cristalización de la médula ósea. Como si fuera poco, el
hallazgo también incluyó osamentas de mamíferos
prehistóricos y restos vegetales.
Cabe preguntarse qué fue de estos restos, ya que habrán ido
a parar al sótano de algún museo. La cúpula antropológica
estadounidense suele hacer caso omiso de tales
descubrimientos, afirmando que los supuestos hallazgos de
gigantes suelen corresponder a mamíferos erróneamente
identificados o, en el peor de los casos, intentos por parte
de investigadores “creacionistas” por encajar la ciencia con
el dogma religioso de las sectas evangélicas (caso de las
fascinantes huellas del río Paluxy).
Pero el descubrimento de los Cowden no acababa ahí. Escribe
Repp que el hallazgo – realizado en el Valle de la Muerte de
California – tenía detalles adicionales, tales como la
presencia de extraños “botones” a lo largo de la espina
dorsal que sugerían la posibilidad de que dichos seres
tuviesen cola; los incisivos en la mandíbula de la giganta
también eran más grandes que los del hombre neandertal o Cro-Magnon.
Más interesante aún resulta la teoría postulada por estos
arqueólogos del siglo XIX en cuanto a la extinción de estos
primates: en la lejana época en que estas criaturas
caminaron sobre la tierra, el Valle de la Muerte era un
pantano tropical; pero la repentina llegada de la primera
glaciación tomó por sorpresa a los habitantes de este mundo
primigenio, congelándolos con feroces vientos y hielos que
acabaron aplastando la zona bajo múltiples capas de lodo
glacial.
¿Fueron estos seres simios gigantes como el gigantopiteco u
otro género de seres que caminaron las tierras del
continente americano en la noche de los tiempos? ¿Serían los
ancestros de los allegewi expulsados por la llegada de
tribus humanas de estatura más corta?
El reino bajo las montañas
En el abrir y cerrar de los ojos hemos ido desde las
montañas de Nueva York hasta el Valle de la Muerte. Antes de
seguir nuestro viaje en busca de reinos perdidos,
detengámonos en las cordilleras que rodean este misterioso
valle desértico, cuyas temperaturas son las más cálidas del
continente, para explorar un misterio sobrecogedor – el
reino bajo las montañas.
Para los entusiastas de los libros de J.R.R. Tolkien, el
reino bajo las montañas era una de las sedes de los enanos
que forjaban metales en la mítica tierra media; la supuesta
ciudad que se oculta bajo la cordillera Panamint es un tanto
más tenebrosa, ya que en vez de estar ocupada por tozudos
enanos enfrascados en sus tareas, es “la ciudad de los Shin-An-Auv”
en las tradiciones de los indios paiute.

Estas leyendas indígenas fueron recogidas por dos autores:
Bourke Lee en su libro Death Valley Days y el
investigador de los sobrenatural Vincent H. Gaddis en su
trabajo Tunnel of the Titans. Ambos autores coinciden
que en 1920, Tom Wilson, un explorador indio, afirmó que su
abuelo había descubierto las cavernas del Valle de la Muerte
y se había pasado tres años explorándolas, entrando en
contacto con seres que “hablaban un lenguaje raro,
consumían alimentos muy extraños y usaban vestimenta hecha
de cuero”.
Poco antes de que el taciturno Wilson diera a conocer su
historia, el gambusino Albert White sufriría un accidente en
una mina abandonada del puerto de montaña de Wingate que
confirmaría la narración del indígena: el buscador de oro
cayó por un agujero en el piso de la mina, yendo a parar a
galerías totalmente perdidas de la antigua operación minera.
Abriéndose paso por la galería, White encontró una serie de
cuartos en los que silenciosamente imperaba la muerte:
cientos de momias vestidas en extrañas ropas de cuero,
algunas de ellas colocadas en nichos, otras sobre el suelo,
y otras más sentadas en torno a mesas.
Pero la sed de oro venció el temor del gambusino ante tan
macabro espectáculo: White afirmó haber encontrado lanzas,
escudos, estatuillas y pulseras de oro repartidas por
doquier. Otras cámaras contenían oro en lingotes y
recipientes llenos de piedras preciosas. La arquitectura
subterránea parecía corresponder a la megalítica, con
enormes losas de piedra que servían de puertas, montadas
sobre goznes invisibles. El gambusino White alegadamente
regresó varias veces a las catacumbas de los Shin-Au-Av en
tres ocasiones, acompañado por su mujer en una de estas
visitas y por su socio Fred Thomason en otra.
Y sería Thomason el que informaría al escritor Bourke Lee
acerca de los detalles del reino bajo las montañas, diciendo
que se trataba de un túnel natural de más de veinte millas
de extensión que atravesaba la ciudad subterránea, las
bóvedas de tesoro, los aposentos reales y las cámaras del
consejo, conectándose con otra serie de galerías o
respiradores en las laderas de la cordillera Panamint que
parecían ventanas y que dominaban el Valle de la Muerte
desde una gran altura.
El socio del gambusino especuló que dichos respiraderos
eran, en efecto, entradas que habían sido utilizados para
embarcaciones que navegaron las aguas del Valle de la Muerte
– hace más de cien mil años, cuando había agua en dicho
lugar.
Pero la narración de Bourke Lee no se detiene en ese
detalle. Thomason regresó posteriormente con el indio Tom
Wilson, actuando de guía para un grupo de arqueólogos
profesionales que pudieron poner su natural escepticismo a
un lado para ir en pos del misterio, pero no hubo manera de
encontrar la entrada a la ciudad perdida de los Shin-Au-Av –
como si jamás hubiese existido. Wilson y su grupo
encontraron un pozo de mina “que no tenía derecho a estar
ahí”, según cita textualmente Bourke Lee. Al descender,
los exploradores encontraron que se trataba de un pozo
ciego. Se intercambiaron acusaciones de fraude cual saetas,
pero tanto Thomason como Wilson gozaban de buena fama en la
región desértica de California y la opinión final fue que
algún terremoto había causado el desplome que negó el acceso
a la ciudad perdida.
¿Existe, pues una ciudad perdida debajo de la cordillera
Panamint, legado de una civilización norteamericana que
existió hace decenas de milenios? No lo sabemos. Sí es
cierto que el Valle de la Muerte y sus regiones aledañas han
sido explorados desde el siglo XIX por gambusinos y otros
buscadores de fortunas. El más famoso de ellos, “Death
Valley Scotty”, consiguió amasar una fortuna considerable y
hacía alarde de saber cómo llegar directamente hasta la
ciudad perdida, pero se llevó su secreto a la tumba. Como ha
especulado el autor George Wagner, es muy posible que la
riqueza casi inexhaustible de Scotty, que puede apreciarse
hasta el día de hoy en su mansión al borde del Valle de la
Muerte, haya provenido de la milenaria ciudad de los
Shin-Au-Av.
Pero el reino bajo las montañas no desaparecería para
siempre.
En 1931, F. Bruce Russell, médico jubilado y buscador de
tesoros, supuestamente visitó el Valle de la Muerte para
explotar una concesión minera cuando – al igual que sucedió
con el abuelo de Tom Wilson – la tierra cedió y el gambusino
acabó en una cueva que contenía varias habitaciones. Pero en
vez de momias vestidas de gamuza y oro por todas partes,
Russel encontró varias momias gigantes cuya estatura
superaba los ocho pies de estatura (2.5 metros) así como
restos de antorchas antiguas que habían sido humedecidas en
brea. Más inquietante aún era el montón de enormes huesos
animales que ocupaba parte de la cueva.
Russell salió del agujero para regresar varias veces en años
posteriores, investigando la caverna y los pasillos que la
conectaban a otras estructuras bajo la superficie del
desierto y a siete millas de su entrada accidental a este
mundo de tinieblas. Pudo advertir que muchos de los pasillos
habían sido obstruidos para siempre por derrumbes, pero aún
así pudo investigar treinta y dos cuevas que parecían ocupar
un espacio de ciento ochenta millas cuadradas bajo el Valle
de la Muerte y el sureste del estado de Nevada.
Uno de los supuestos descubrimientos de mayor interés para
Russell fue una sala que conservaba los restos de
dinosaurios, tigres diente de sable y mastodontes, colocados
de manera ordenada para fines de veneración.
En 1946, Russell se acercó a Howard Hill, amigo personal y
vecino de Los Ángeles, California, para formar una
organización destinada a explotar la indudable importancia
de este mundo importancia. Hill y varios asociados
acompañaron a Russell y entraron en las tumbas, viendo con
sus propios ojos no sólo las osamentas de bestias
prehistóricas sino también las momias gigantes.
El 4 de agosto de 1947, Howard Hill emitió un comunicado de
prensa advirtiendo al mundo sobre el sensacional hallazgo
que cambiaría no sólo el concepto existente de la América
primitiva, sino de la historia humana. Curiosamente ningún
periodista se interesó en el asunto y la ciencia hizo caso
omiso. Sumamente molesto, Russell decidió que la única
manera de interesar al público sería convocar una rueda de
prensa en la que presentarían artefactos extraídos del
descubrimiento subterráneo.
Una rueda de prensa que, por cierto, jamás llegó a
celebrarse.
Siempre según Howard Hill, el automóvil que conducía Russell
apareció abandonado en el desierto sin rastro de su
propietario. En el asiento trasero estaba un portafolios
vacío, que supuestamente estaba lleno de dinero y algunas
muestras tomadas de las galerías subterráneas. Los
familiares del explorador dieron parte a las autoridades, y
por más pesquisas que se hicieron, nadie jamás volvió a
saber de F. Bruce Russell.
¿Un fraude? Siempre existe dicha posibilidad en cualquier
empresa humana que pueda suscitar la codicia de los demás.
La desaparición inesperada de Russell sería la mejor manera
de desfalcar a sus socios, aunque Hill afirma que los
miembros del sindicato vieron con sus propios ojos las
maravillas subterráneas. ¿Existirán aún las galerías llenas
de osamentas y momias gigantes? Es muy posible, aunque vale
la pena aclarar que las pruebas termonucleares realizadas en
el desierto de Nevada en la década de los ’50 bien pudieron
haber causado derrumbes que destruyeron para siempre los
restos de una civilización antediluviana.
“El oeste,”
escribe Ferenc Morton Szasz en su libro Great Mysteries
of the West, “ha sido el nido de una combinación
inigualada de tradiciones culturales – la angloamericana, la
hispana y la nativoamericana. Cada una se ha valido de sus
propias tradiciones populares para contribuir al tema de los
misterios del oeste,” agregando que “los misterios
del oeste emergen casi naturalmente, surgiendo de la magia
de la tierra en sí”.
EL AUTOR
ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios
idiomas, en las más importantes revistas especializadas en
ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of
Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.
© Scott Corrales – Todos los derechos reservados.
Reproducido con permiso expreso del autor
Prohibida
su reproducción sin autorización previa del autor
|