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“...las ruinas se elevaban sobre una línea que separaba, y
que ocultaba mutuamente, los costados oriental y occidental
de los Desiertos del Sur. Durante épocas pasadas, cuando
estaba viva y próspera, dominaba perfectamente el norte de
dicha región, y ahora, los restos masivos de las
fortificaciones atestiguaban que los habitantes eran
conocedores de su valor estratégico. Según las leyendas
conservadas en el Saber de Kevin, los habitantes habían sido
belicosos, y necesitaban su localización estratégica. Lord
Calindrill había traducido su nombre como “plaza maestra” o
“desolación de enemigos”. Las leyendas dijeron que durante
siglos, Doriendor Corishev había sido la capital de la
nación que vio nacer a Berek Mediamano”.--
Steven R. Donaldson, Las Crónicas de Covenant el Incrédulo
(1979)
El concepto de las ciudades perdidas es algo que apetece
poderosamente a la mente occidental, ya que conjura la
imagen de ruinas antiquísimas cubiertas de lianas y
vegetación selvática, o enormes propíleos que sobresalen de
las arenas de algún desierto inexplorado. En las ciudades
perdidas yacen tesoros olvidados por la mente del hombre o,
muy al contrario, culturas plenamente vivas de naturaleza
beligerante o pacífica que se aisló voluntariamente del
flujo de la civilización humana, representando una fuente de
peligro y oportunidad para el aventurero o explorador. Por
supuesto, las ciudades perdidas en el mundo real tienen
mucho más en común con yacimientos arqueológicos como Angor
Wat, Ebla o hasta la misma Troya que aquellas que nos
ocuparán en este trabajo.
Al paso que se encogían las distancias durante el siglo XIX
y los exploradores rebasaban las fronteras de lo
desconocido, resultaba necesario hacer que la ciudad perdida
y sus tesoros fuesen cada vez más remotas. Los autores de
ficción como Julio Verne optaron por poner sus sueños a buen
recaudo, ocultando sus ciudades perdidas debajo de la
corteza terrestre en Viaje al centro de la tierra (1864). Su
colega británico, H.Rider Haggard, envió a su protagonista
Allan Quartermain al corazón del Africa inexplorada en pos
de Las minas del rey Salomón (1885). Ambas corrientes
novelescas se vieron inspiradas, en cierto grado por los
escritos de un apasionado creyente en la “tierra hueca”, el
norteamericano John Cleves Symmes, cuya novela Symzonia
(1820) describía una sociedad tecnológica muy adelantada
bajo la nieve y el hielo de la Antártida.

Pero mientras que la ciencia y la ciencia-ficción se
empeñaban en presentarnos dos clases distintas de ciudad
perdida, la tradición esotérica y la criptoarqueología
amparaban su propia variedad de ciudades prohibidas,
accesibles sólo a los iniciados – o a los desventurados que
se internaban en ellas por casualidad.
En pos de la ciudad de Iarchas
“En cuanto a Arellarti, nuestras leyendas cuentan varias
historias acerca de una ciudad perdida en ruinas dentro de
Kranor-Rill. Se dice que la ciudad fue construida hace mucho
por los Rillyti, y que aún utilizan sus desmoronadas
estructuras para sus rituales obscenos...”
--Karl Edward Wagner, Bloodstone (1975)
Apolonio de Tiana fue un filósofo y matemático que vivió en
el año 17 de la era cristiana. Seguidor de la tradición
pitagórica y contemporáneo de Jesús, se consideró que este
pensador oriundo de Capadocia también era divino y que
disponía de poderes paranormales. Se construyeron templos en
su honor en todas partes del imperio Romano después de su
muerte y algunas ciudades llegaron a acuñar monedas cuyo
obverso portaba la imagen de Apolonio.
Este intrigante personaje merece su fama por sus viajes a
todas partes de la cuenca del Mediterráneo, Etiopía, Asiria
y la india. Regresó al imperio Romano después de sus viajes
haciendo gala de algunas de sus dotes paranormales,
particularmente después de haberse afincado en Efeso (en la
actual Turquía) para inaugurar su escuela. En aquel momento,
la ciudad estaba siendo arrasada por la peste, y el filósofo
pitagórico mandó a apedrear a un mendigo que era en realidad
un demonio con aspecto humano. Cuenta la tradición que los
efesios se ensañaron contra el supuesto culpable,
literalmente cubriéndolo de piedras. Cuando se hizo el
esfuerzo por sacar el cadáver del mendigo del montón de
piedras, no encontraron absolutamente nada, y la peste acabó
enseguida.
Pero lo que nos interesa no son los supuestos milagros de
Apolonio, sino su búsqueda de la “ciudad de los dioses”
durante sus viajes en las Himalayas. Fue acompañado por
Damis, su fiel aprendiz, que Apolonio llegó a la ciudad de
Iarchas. Los historiadores se han esforzado por
identificarla—sin éxito—con algunas de las ciudades
helenísticas fundadas por Alejandro Magno en el Punjab. El
mismo Apolonio dijo lo siguiente sobre esta urbe: “He visto
hombres que viven en la Tierra pero que no son de nuestra
Tierra, que están defendidos por todas partes pero que
carecen de defensas, y que no tienen nada más allá de lo que
poseemos nosotros mismos”.
La leyenda nos dice que cosas extrañas comenzaron a suceder
al paso que Apolonio y Damis se acercaban a su destino. El
camino que habían seguido se desvaneció y el paisaje
adquirió un aire surrealista. Se les llevó hasta el
gobernante de la ciudad (a quien se le identifica en algunas
versiones como Iarchas) y se les dijo que habían llegado al
reino “de los hombres que lo saben todo” y pudieron apreciar
una serie de maravillas, como una maqueta del sistema solar
construido bajo el domo de zafiro de un templo, así como
levitaciones impresionantes. El maestro y su aprendiz
cenaron con el regente epónimo de la ciudad, siendo
atendidos en todo momento por cuatro autómatas; la noche se
convertía en día mediante el uso de “piedras luminosas” y
Apolonio se quedó pasmado al ver que unas “ruedas vivientes”
transportaban mensajes de los dioses a los habitantes de la
urbe. Siendo geómetra, resulta perfectamente comprensible
que el filósofo griego estuviese fascinado por el hecho de
que la ciudad de Iarchas “se encuentra en la Tierra, pero a
la misma vez, fuera de ella”.
Los cronistas nos informan que Apolonio obtuvo poderes
considerables tras su estadía en la “ciudad de los dioses”,
notablemente el don de poder “sacar fuego del éter” y el don
de la ubicuidad. Personas que presenciaron sus milagros lo
atestiguaron durante el juicio celebrado a Apolonio en el
reinado de Domiciano. Se supone que el filósofo haya mirado
al emperador y le haya dicho: “Podrás apresar mi cuerpo pero
nunca mi espíritu, y de paso, ¡tampoco mi cuerpo!”
desapareciendo acto seguido en un gran destello de luz, cuya
brillantez fue aún mayor debido a que Domiciano había
mandado pulir los mármoles de su palacio como si fuesen
espejos, para impedir que lo apuñalasen a traición. Y
resulta curioso que todas las fuentes concuerden en un hecho
concreto: el 16 de septiembre del 96 d.c., mientras que
Apolonio dictaba una conferencia en los jardines de Efeso,
repentinamente quedó callado y su semblante se vio torcido
por una ira indescriptible a la vez que exclamaba: “¡Maten
al tirano, mátenlo!” Posteriormente, volvió a mirar a su
sorprendido público para decir: “¡Albricias, ciudadanos de
Efeso! El tirano ha sido asesinado hoy mismo en Roma”.
La vida de este singular personaje ha sido interpretada de
varias maneras: para los teósofos, y especialmente para
George R. Stow, biógrafo de Apolonio, el pitagórico es un
“maestro espiritual” y una de las muchas caras del conde de
St. Germain; Jacques Bergier sugirió que Apolonio había
tenido contacto con extraterrestres; otros opinan que este
taumaturgo del siglo I d.c. logró acceder a un extraño
depósito de sabiduría oculta, posiblemente ubicado en otra
dimensión de nuestro propio mundo.
La capital olvidada de los Hsiung-Nu
“A cada mano surgían las lúgubres reliquias de otra época
olvidada: enormes fustes truncados cuyas cimas melladas
llegaban hasta el cielo; largas rectas de murallas
desmoronadas; enormes bloques caídos de piedra ciclópea;
deidades astilladas cuyas horrendas facciones habían sido
medias borradas por la erosión del viento y las
tolvaneras...”
-- Robert E. Howard, “El coloso negro” (1933)

Mientras que la misteriosa ciudad de Iarchas pudo haber
existido “más allá de los círculos del mundo” (para pedir
prestada a J.R.R. Tolkien su evocadora frase) también
podemos suponer que muchos iniciados potenciales hayan
perdido el pellejo tratando de buscarla. Sin embargo,
existen otras ciudades perdidas en el centro de Asia que
gozan de un aura de misterio igualmente poderoso.
Extendiéndose desde la cuenca del Tarim hasta el enigmático
desierto del Gobi, Asia central es considerada por muchos –
entre ellos los historiadores Roy Chapman Andrews y Henry
Fairfield Osborne – como la cuna original de la humanidad.
Durante su exploración de esta enigmática región, Andres
encontró los restos prehistóricos de árboles, follaje y
crustáceos de agua dulce, apuntando a una época remota en
que había agua y vegetación en abundancia. Su expedición
también halló los restos de un esqueleto humano de dos
metros de estatura, identificado como un “protomongol”.
El controvertido autor italiano Peter Kolosimo causó furor
entre los entusiastas de la criptoarqueología y los
estudiosos con su libro “Timeless Earth” (1968) en donde el
autor nos informa que la cultura de los Hsiung-Nu no tenía
nada que ver en absoluto con los hunos que devastaron Europa
en el siglo V de nuestra era. Lejos de ser salvajes al
galope, los Hsiung-Un tenían una cultura bastante avanzada
que rendía culto a las estrellas y cuya capital se
localizaba en las desoladas regiones de la cuenca del Tarim
(a poca distancia de la instalación de pruebas nucleares de
Lop Nor en la republica china). Los puntos de contacto entre
esta civilización y la desparecida cultura de los mitanni
eran más estrechas que con otros pueblos asiáticos. La
mayoría de los textos de historia aportan poco sobre esta
raza olvidada. Uno de ellos nos dice escuetamente que “según
algunos investigadores, los hunos eran descendientes de los
Hsiung—Un, un pueblo siberiano que se asentó entre el lago
Balkhash y Mongolia en el siglo IV a.c.” . Un mapa nos
muestra que la extensión de este reino llegaba hasta las
fronteras de Corea, aunque el mismo mapa nos indica que la
“residencia del jefe de los Hsiung-Un estaba en las riberas
del río Ongin en Mongolia. En el 209 a.C., Mao-tun se
convirtió en emperador de los Hsiung-Un e hizo que China le
pagara tributo.
Según Kolosimo, el padre Duparc, un explorador francés,
llegó a las ruinas de la supuesta capital de los Hsiung-Un
en 1725, hallando una serie de monolitos que aparentemente
habían formado parte de un adoratorio. Otros descubrimientos
incluían una pirámide de tres escalones y un palacio real
“con tronos adornados con imágenes del sol y la luna”. Las
expediciones posteriores encontraron joyas, armas y adornos,
pero no encontraron las ruinas vistas por Duparc, ya que
estas habían desparecido debido a la acción de las tormentas
de arena. Un equipo de investigadores soviéticos llegó a la
región en 1952 y descubrió la punta de una estructura
monolítica parecida a los monumentos de Zimbabwe en el sur
de Africa. De acuerdo con los textos tibetanos examinados
por los sabios de la expedición rusa, la ciudad sin nombre
de los Hsiung-Un había sido destruida por un “cataclismo de
fuego” que arrasó con la civilización y redujo sus
sobrevivientes al barbarismo.
No obstante, la relación entre los Hsiung-Un históricos y
los creadores de las ruinas misteriosas parecen ser pura
coincidencia. Es muy posible que los avanzados pobladores de
la arruinada ciudad de la cuenca del Tarim tuviesen más en
común con los “tocarios” de las crónicas antiguas, y cuyas
momias fueron halladas en 1997 cerca de la ciudad china de
Urumchi. Es posible que las exploraciones petroleras que
toman lugar actualmente en el desierto del Takla Makan
puedan aportar más información sobre esta civilización
olvidada y su misteriosa ciudad. Existe una oportunidad
valiosa en el uso de dispositivos de detección a distancia
como el SIR-CX-SR, desplegado por primera vez en el
trasbordador Discovery en 1994 para discernir las
estructuras ocultas a lo largo de “la ruta de la seda”. Este
sorprendente sistema radárico es capaz de descubrir objetos
enterrados en la arena hasta 3 metros de profundidad. Se
utilizaron dispositivos semejantes para localizar con la
ciudad perdida de Ubar en el Hadramaut (entre Yemen y Omán
en la península arábica).
La ciudad negra
El desierto del Gobi es un crisol de ciudades perdidas y
civilizaciones desconocidas. A miles de kilómetros de la
cuenca del Tarim y la ciudad de los Hsiung-Un se hallan las
ruinas de Kahara-Hot, “la ciudad negra y muerta” del Gobi,
destruida por la magia.
Los expertos afirman que Khara-Hot fue la ciudad más antigua
del Gobi, situada en las riberas del rio Ezen y a la sombra
de la cordillera Altai, añadiendo que se trataba de una
población mayormente china encargada de esparcir la cultura
del imperio celestial entre los salvajes del norte a partir
del s. II a.c. La historia ortodoxa agrega que el imperio de
Shi-Shia, regido por los tángutos, controló la urbe por dos
siglos hasta que Genghis Khan volvió a retomarla. En 1372,
Khara-Hot acabó siendo destruida por los ejercitos de la
dinastía Ming.
Pero otras fuentes sugieren que la ciudad negra tuvo un fin
menos prosaico. La pujanza de su gobernante, Khara Bataar
Janjin (“el héroe negro con palabras de magia negra”)
levantó la cólera del emperador chino, quien le declaró la
guerra y asedió a Khara-Hot. El “héroe negro” preparó a sus
caballeros para una última embestida contra los chinos,
parecida tal vez a la carga de Théoden y Aragorn durante el
sitio del Abismo de Helm en Las dos torres de Tolkien. Pero
la hija de Janjin le suplicó que no lo hiciera y que
permitiese la entrada de los chinos por una de las puertas
de la ciudad mientras que el héroe y sus tropas salían por
otra.
Khara Bataar Janjin salió con sus tropas según lo convenido,
pero mientras que lo hacía, el caudillo pronunció las
“palabras negras” que causaron la transformación de todo el
paisaje circundante. Todos los seres vivos murieron; los
árboles se desplomaron y surgieron tormentas que anegaron la
región en un mar de arena, enterrando al héroe-mago y los
suyos para siempre. Los chinos quedaron horrorizados al ver
que la región – otora boscosa y llena de pastizales – no era
más que un desierto. Lejos de penetrar la ciudad y
saquearla, los ejércitos del emperador huyeron despavoridos.
Con el paso de los siglos, se han hecho intentos por
recuperar el tesoro de Khara-Hot, pero la tradición insiste
que cortinas de fuego se alzan de las arenas para impedirlo.
Durante siglos, chamanes y lamas tibetanos intentaron vencer
la maldición de las “palabras negras” proferidas por Janjin,
intentando rescatar el tesoro de un millón de onzas de plata
perdido bajo las arenas.
No fue hasta 1909 que el explorador ruso Piotr Kozoloff
logró franquear las defensas de Khara-Hot para hallar una
bóveda llena de objetos de culto, bajorrelieves y
manuscritos antiguos...pero nada de tesoro. ¿Será que la
magia del “héroe negro” sigue protegiendo su tesoro?
¿Una ciudadela para el preste Juan?
La misma incertidumbre histórica que aflige a la arruinada
ciudad de los Hsiung-Un en el desierto se aplica también, en
cierto modo, al preste Juan.
Una de las grandes leyendas de la baja edad media se refiere
a las embajadas supuestamente provenientes “del reino del
preste Juan”, trayendo obsequios y cartas tanto a los
estados pontificios como a otros reyes de la época. En el
1165 d.c., el emperador bizantino Manuel Cómneno recibió una
misiva de un lejano príncipe conocido solo como el preste
Juan, quien alegadamente recibía “el tributo de 72 reyes” y
que también era “un cristiano devoto que protege a los
cristianos en todas partes de nuestro reino”. En la era de
las Cruzadas, mientras que los reinos cristianos de levante
se veían empujados inexorablemente hacia el mar ante el
empuje de los musulmanes, las novedades de un poderoso
aliado cristiano fueron recibidas como agua de mayo. Se
hicieron intentos múltiples por localizar su reino: Algunos
dijeron que el preste Juan se encontraba más allá de la
India; otros afirmaban que vivía en el Cáucaso. Los
cartógrafos que colocaron en sus portulanos la figura de un
monarca con cetro en la actual Etiopía fueron los que
salieron ganando, y el “reino del preste Juan” se convirtió
en un dominio mágico salido de los cantares de gesta del
momento, situado en lo alto de las míticas montañas en cuyas
laderas nacía el Nilo.
Cuando los viajes de Marco Polo comprobaron sin lugar a
dudas que el único gran monarca más allá de la India era el
Gran Kan, el esfuerzo por dar con el preste Juan en África
comenzó en serio. En 1520, Portugal envió una delegación a
Etiopía para concertar una alianza con este príncipe
inmortal contra los mercaderes árabes que entorpecían el
comercio de las especias. Al llegar, se encontraron con que
el monarca etíope jamás había oído mencionar al preste Juan.
Aunque pudo haberse tratado de un fraude medieval, cada
fraude porta en su seno las semillas de la verdad. ¿Pudo
haber existido algún obispo copto o nestoriano llamado Juan,
gobernante de algún diminuto señorío, cuya reputación fue
magnificada para infundir temor a sus enemigos?
Esta vía de especulación fue reforzada en 1994 por un
artículo de J.J. Snyder aparecido en la revista World
Explorer (Vol. 1, No. 4) titulado The Mysterious Egyptian
Castle-Fortress (El misterioso fuerte-castillo egipcio). El
autor afirma que mientras pilotaba un avión cosechador desde
el Sudán hasta la egipcia Aswan, tuvo la oportunidad de
sobrevolar un “castillo negro como una fortaleza” que
dominaba una pequeña colina y que contaba con “dos almenas
que apuntaban hacia el sur” en la sección mas árida del
desierto nubio en la frontera sudanesa. Mientras que ninguno
de sus colegas aviadores pudo confirmar su avistamiento,
Snyder tuvo la sensación de que la estructura “estaba
vacía...y que pudo haber estado abandonada por cientos de
años, acaso más”.
¿Un truco del paisaje, producto de algún juego de luz y
sombras? Quizás. Pero, ¿y si el preste Juan hubiera sido
menos rey y más un jefe como “el viejo de la montaña” que
regía a los Asesinos? ¿Pudiera haber sido la ciudadela vista
por Snyder la ciudadela “perdida” de este personaje
medieval. Una posibilidad encantadora, a pesar de ser poco
factible.
Ciudades perdidas – físicas y metafísicas
“Las leyendas sobre la existencia de esta ciudad perdida
prehumana resultaron ser ciertas. Pero aún más sorprendente
que sus muros ciclópeos de piedra desconocida, que la
geometría precisa y extrahumana de sus calles radiales y
edificios sin ventanas, los seres monstruosos que ambulaban
por esta obra maestra de un genio muerto hace edades, era
que Arellarti no era la ruina muerta que habían retratado
las leyendas....”
--Karl Edward Wagner, “Bloodstone” (1973)
Cuando cortamos los vínculos que nos unen a la historia, o
aún con el folklore, nos exponemos al riesgo de ser
arrastrados por las poderosas corrientes de la especulación
que nos acercan cada vez más al misticismo. El mejor ejemplo
de esto puede verse en las creencias de algunos autores
iberoamericanos, entre ellos Guillermo Terrera, quienes han
inventado una cosmología entera de ciudades perdidas y de
parahistoria.
Terrera hace distinciones muy claras entre las ciudades
perdidas “verdaderas” y las que son puramente metafísicas
(las subterráneas y las que podemos suponer
extradimensionales), aunque estas no son menos reales que
las ciudades de los mayas, incas o aztecas. Entre las urbes
metafísicas figurarían Thule, Agharthi y Shamballah, aunque
el eje central de esta cosmología heterodoxa lo sería el
mágico Cerro Uritorco. “El enlace entre el conocimiento de
los indios Comechingones y sus creencias ancestrales”, nos
dice Terrera, “fue comprobado por el hallazgo del legendario
Bastón de Mando o Piedra de la Sabiduría en 1934 por Ofelio
Ulises, justo después de su regreso de la ciudad tibetana de
Shamballah (¡!) en la que estudió por ocho años. Fue
precisamente en esta ciudad que se le mostró la localización
del báculo de basalto cuya construcción había sido encargada
por el jefe Multán hace ocho mil años”.
Es natural que los planteamientos de Terrera nos sean
difíciles de digerir, pero su forma de pensar no es única.
El francés René Guénón postuló la creencia de que la
geografía no toma en cuenta los pliegues o “arrugas” que
pueden producirse en la superficie del mundo. Denominando
estas irregularidades con el nombre de dwipas (palabra de
origen hindú), siete de las cuales pueden ser accesadas por
los iniciados. Al menos uno de estos mundos está habitado y
contiene la ciudad del “rey del mundo”, un lugar en dónde
sobreviven las tradiciones sagradas y dónde los iniciados
van a someterse a prueba. Guénón también nos dice que las
sociedades secretas de nuestro mundo han jurado vedar a los
legos el conocimiento de cómo pueden alcanzarse estos
lugares. A costa de sus vidas, si hace falta.
Aún persisten indicios de que América del Sur pueda contener
ciudades perdidas que son perturbadoramente “reales”. Un
evento de alta curiosidad tomó lugar a fines de la década de
los ’60 mientras que Louis Pawels concluía su obra clásica
La rebelión de los brujos. Su coautor, Jacques Bergier,
había recibido una enigmática muestra de mineral de parte de
una empresa minera brasileña llamada Magnesita, S.A. que
buscaba derivados del magnesio para el uso en una variedad
de procesos metalúrgicos. Miguel Cahen, gerente de la
empresa, había enviado a Bergier una muestra de un extraño
cristal hallado en los márgenes de la misteriosa región del
centro de Brasil conocida como “la tierra prohibida”. Bajo
análisis, el fragmento resultó ser un fragmento de carbonato
de magnesio de transparencia y pureza inigualadas y “con
propiedades sumamente curiosas en el espectro infrarrojo,
emitiendo radiación polarizada”, según agrega el mismo
Pawels. Puesto que el cristal no coincidía con nada en los
textos de mineralogía, Bergier remitió la muestra a una
agencia del gobierno francés, que se pronunció
favorablemente sobre el origen artificial del cristal. No
pudieron realizarse pruebas adicionales a falta de más
muestras de la extrañilla sustancia.
La “tierra prohibida” en que se encontró esta anomalía no es
otra sino la región que yace entre los ríos Amazonas,
Tapajós y Xingú en el seno del Brasil, fuente de tantos
rumores y contradicciones. El escritor / explorador Alpheus
Hyatt Varrill jamás franqueó los lindes de esta “tierra
prohibida”, creyendo a pies juntillas que de hacerlo,
moriría. Pero a lo largo de su vida, hasta su muerte en
1964, Varrill manifestaba la creencia de que civilizaciones
extraordinariamente adelantadas habían existido en América
del Sur que algún día se conocerían sus restos. Al igual que
el desventurado Percy Fawcett, Varrill defendía la
existencia de la “ciudad Z”, una legendaria ciudad perdida
dentro de los confines de esta región.
EL AUTOR
ha publicado tres libros y numerosos artículos, en varios
idiomas, en las más importantes revistas especializadas en
ufología y antiguos misterios. Es fundador del Institute of
Hispanic Ufology y editor responsable de Inexplicata.us.
© Scott Corrales, 2008 – Todos los derechos reservados.
Reproducido con permiso expreso del autor
Prohibida su reproducción sin
autorización previa del autor
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