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Una tesis central de la hipótesis del
Antiguo Astronauta de Erich von Däniken es que las
religiones de la Tierra han evolucionado de nuestro culto a
entidades físicas del espacio exterior. Mucha de la
evidencia de que los dioses han sido astronautas antiguos es
la misma que la evidencia de que nuestros dioses no pueden
haber sido otros que seres físicos.
Los informes bíblicos, legendarios y
épicos describen a los dioses empíricamente. No es difícil
de reconstruir deductivamente los cambios en los conceptos
forjados por las mentes e idiomas del hombre pre-científico.
Las descripciones del poder, características y conducta, que
se originaron probablemente a partir de las visitas de los
antiguos astronautas, fueron ampliados en conceptos de
perfección: el poder se volvió poder infinito; el cielo se
volvió el Cielo, y la tecnología científica se convirtió en
milagro.
A causa de la necesidad del hombre de
idealizar, buscar la inmortalidad, protección y consuelo,
éste se sintió impulsado a expresar esas necesidades en
limitados conceptos posibles de acuerdo a su temprana fase
evolutiva pre-científica. Después de miles de años, todo lo
que queda son leyendas contradictorias y relatos. Esto ha
pasado a formar parte del decorado permanente de nuestro
lenguaje, continuamente reafirmado en una sociedad
religiosamente saturada y dominada por la Iglesia, por la
mayor parte de dos milenios, por clérigos cuya obstinada
irracionalidad y autoridad continúa alimentando en ella el
idioma sobrenatural y teísta. Ellos hacen esto a pesar del
hecho de que, como von Däniken claramente demuestra, la
literatura da verdaderas descripciones de entidades físicas
que llegan a la Tierra en lo que puede aceptarse
racionalmente como vehículos extraterrestres.
Nosotros sólo podemos intentar oponernos
a estas fuerzas de dogmatismo y control del pensamiento
aclarando cómo las habilidades, valores y características
surgieron en criaturas físicas y se transformaron luego en
entidades objetivadas. En última instancia, los dioses
materializados estaban cuidadosamente definidos como
incognoscibles. Finalmente, nosotros fuimos persuadidos de
aceptar a estos llamados dioses-no-físicos a través de la fe
ciega.
La fe ciega no es ninguna senda hacia la
verdad y el conocimiento. Ciertamente no es “…la más alta
forma de la razón”, como dijo el Papa Juan Pablo II. Es,
más bien, un síndrome fisiológico, neuronalmente
condicionado. En ausencia de alguna forma de vida física, no
hay ninguna evidencia en la historia del hombre de la
existencia de funciones tales como "entendimiento",
"visión", "gusto", "olfato" u "oído”. Son todas neuronas las
que dirigen las actividades. Esto es sobre todo demostrable
por un examen de emergencia de vida en el hombre, y de sus
facultades mentales perceptoras y conceptuales. Todas éstas
son dependientes de un substrato físico. Características
tales como la especulación, la reflexión, el conocimiento de
sí mismo, etc., nos separa de los objetos inanimados y, en
grado sumo, de los animales inferiores. Ellas nos separan,
también, de los dioses inmateriales que por definición no
pueden existir.
Por consiguiente, nuestros dioses, como
el hombre los define, se describen mejor como habiendo sido
criaturas físicas de nuestro universo, seres inteligentes
muy superiores a aquellos que por entonces habitaban la
Tierra.
¿Han logrado esas inteligencias
capacidades mentales más allá de nuestra comprensión? ¿Han
desarrollado ellas medios de comunicación que hacen del
nuestro, en comparación, algo tan primitivo como aquellos de
nuestros remotos antepasados que golpeaban tam-tams? En ese
caso, entonces una diferencia de entre 1.000 a 10.000 años o
más en el progreso evolutivo del conocimiento puede hacer
dioses de todos nosotros.
El conocimiento científico del Universo
no tiene mucho más de 300 años de antigüedad en la Tierra, y
nosotros ya hemos sido aceptados como dioses por los
Culto-Cargo de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué convierte en un dios a una entidad
inteligente? La respuesta a esta pregunta depende del
impacto de las instituciones sociales y religiosas sobre el
desarrollo emocional, racional e intelectual, y de las
necesidades psicológicas de aquellos que buscan un dios.
¿Cómo, entonces, hemos de interpretar el
uso del término”Dios” en tanto de nuestro lenguaje
convencional? ¿Cómo debemos interpretar declaraciones tales
como "Dios es el puro acto" (Santo Tomás de Aquino),"Dios
impregna el Universo", "Dios creó el Universo", "Dios
está en todos nosotros", " Dios es la energía que
subyace y penetra el Universo" , y la campaña del
Presidente Bush que comenta: "La mano de Dios está
guiando los asuntos de esta nación" y " la Libertad
es. . . El regalo de Dios a cada hombre y mujer de este
mundo", y la réplica mordaz del Senador Kerry “. .
. como Abraham Lincoln nos dijo... ¿estamos del lado de
Dios", En Dios confiamos" (en nuestra moneda, el
dólar), y la introducción de Eisenhower de "bajo Dios"
en nuestra jura de obediencia, y otras innumerables maneras?
La objetiva vacuidad de estas
declaraciones puede exponerse si nosotros nos acercamos a
ellas a través de un análisis del lenguaje y un conocimiento
de filosofía analítica y ciencia. Términos como
“conocimiento'', “bondad'', “inteligencia'', “visión'',
“oído”, etc., que no tienen ningún significado inherente,
han comenzado a usarse convencionalmente en relación a la
interacción emocional, conceptual y física del hombre con su
ambiente y sus necesidades psicológicas.
Al aplicar esas palabras a
“inteligencias” cósmicas sobrenaturales, transcendentales y
metafísicas, se da la ilusión del entendimiento, se expresa
directamente algo sin sentido, y no se reconoce que las
condiciones bajo las que ellas podrían aplicarse no tendrían
valor comunicativo para nosotros. Los dioses sobrenaturales,
estando más allá de la Naturaleza y siendo, por lo tanto,
inmateriales, no pueden, contrariamente a la infundada
creencia común, hablar sin lenguas, ver sin ojos, oír sin
oídos, o pensar y comunicarse sin cerebros. Aunque los
dioses puedan existir, la comunicación entre ellos y
nosotros depende de su naturaleza.
En el caso de algunos dioses, el contacto
personal es posible. Los testigos de los dioses (el
personal militar americano) del Culto-Cargo, como se informó
en la revista The National Geographic de mayo de
1974. Tal contacto no es muy posible. Sin embargo, debido a
que John Frum (su dios) no pudo ser encontrado, ha logrado
algo así como el estatus de Cristo, a quien los papas
designaron como la evidencia física de su dios incorpóreo.
Las características transcendentales,
sobrenaturales y metafísicas de los dioses del hombre
siempre han sido el producto final de un proceso que
comienza con experiencias de acontecimientos no
comprendidos, de eventos astronómicos y cuerpos de animales,
en culturas tales como la de Egipto, India, etc.,
intimidadas por inteligencias superiores, en el culto a
héroes humanos superiores, en los mitos, las leyendas, las
necesidades políticas y personales, o en el temor de qué hay
más allá de la luz de la fogata del campamento.
Un estudio de la historia de cómo se
desarrollaron los conceptos sobre nuestros dioses sería
sumamente instructivo para aquellos interesados en su
educación.
Los dioses de Grecia antigua y Roma
fueron delicadamente afinados y propagados por el genio
poético de Hesíodo y Homero; y luego, por encargo de los
papas, los dioses cristianos no-físicos fueron representados
en forma humana por el genio creativo de artistas tales como
Miguel Ángel, El Greco y Rafael. Ellos presentaron a los
héroes como dioses y a los conceptos teísticos como la
realidad de los papas y la Iglesia. Esto fue hecho tan
extraordinariamente que los primeros se han convertido en un
mosaico indestructible en las sociedades del mundo.
Un hecho irrevocable permanece como un
defecto en el mosaico. Obras literarias tan remotas como la
de Platón y los grandes libros religiosos como la Biblia, el
Talmud, el Corán, el Mahabbarata, y las grandes mitologías:
teutónica, romana, griega, egipcia, babilónica, china, etc.,
conservan testimonios de innumerables hechos misteriosos y
enigmáticos, archivos, relatos, artefactos, descripciones
antiguas en términos físicos de naves voladoras, dioses del
espacio, descripciones de la Tierra vista desde el cielo, y
descripciones empíricas de las actividades de los dioses,
etc.
Tales hechos, aunque no sean una prueba
que se compare con los restos de una nave espacial, como
mínimo indican indiscutiblemente un conjunto coherente de
datos tendientes a apoyar la hipótesis del Antiguo
Astronauta de von Däniken. La superabundancia y consistencia
de tales descripciones empíricas avalan su naturaleza. Éstos
son los dioses que, según los testimonios escritos acerca de
su existencia física, dominaron, con poder, influencia y
autoridad, sobre el hombre, lo amaron, se casaron, y dieron
a luz a niños concebidos en los seres humanos.
Es importante examinar la naturaleza de
los dioses que pueden existir y la predicada naturaleza de
"aquéllos" que no pueden. Lograr esta tarea requiere de la
razón, hechos y conocimiento. A diferencia de la aceptación
ciega e ilusión, la comprensión clara requiere del paciente
análisis del idioma mediante el cual nosotros inventamos a
nuestros dioses.
Muchos teólogos intentan demostrar,
lógicamente, que las llamadas “pruebas” antiguas de la
existencia de dioses inmateriales no son defectuosas. Ellos
sostienen entonces que puesto que es lógicamente posible que
Dios exista, Él existe. Sin embargo, nosotros podemos
demostrar lógicamente que un cuatrillón de “cosas"
incorporales pueden existir y no existir.
Lo "lógicamente posible" nunca debe ser
equiparado con lo "físicamente posible." Para demostrar
lógicamente la existencia de algo corpóreo, uno debe
verificar primero que todas las premisas, en sí mismas, del
proceso de la lógica son objetivamente verdaderas. Sólo en
tal caso la conclusión es formalmente verdadera. No obstante
la comodidad, uno puede basarse en esa conclusión para
determinar si es empíricamente verdadera, uno debe verificar
lo formal, es decir, la verdad no empíricamente fundada en
evidencia empírica.
En el caso de la hipótesis del Antiguo
Astronauta, algunos declaran que no puede haber ninguna
evidencia concreta disponible. Algunos afirman que la hay y
ofrecen como prueba datos materiales. Tal evidencia, sin
embargo, es circunstancial a menos que pueda aportarse un
astronauta antiguo. No obstante, así como la ciencia
extrapola de su evidencia, lo mismo hacen los investigadores
del Antiguo Astronauta. Sus dichos no son menos falibles que
aquellos de la ciencia.
Los científicos, hoy, están convencidos
de que en alguna parte de la inmensa extensión del Universo
probablemente exista vida extraterrestre e inteligencia,
aunque no pueda probarse todavía. Por supuesto, esto presta
alguna credibilidad y un grado de probabilidad al hecho de
que la Tierra pudo haber sido visitada en el pasado.
Una atrevida afirmación, que es
ciegamente aceptada por billones de personas, incluyendo a
los líderes de nuestras naciones, es que Dios existe como
una mente cósmica incorpórea (una contradicción).
Él conoce, constante y simultáneamente,
no sólo cada pensamiento y acción de los seres sensibles que
poblaron, pueblan, y poblarán el Universo, Él conoce,
también, cada acontecimiento del Universo, como la colisión
de las galaxias, la vibración de las alas de cada mariposa,
los movimientos de cada hormiga y cucaracha, incluso de cada
quark, y el salto de cada electrón a otra órbita debido a
una entrada de energía.
No obstante todo esto, yo estoy deseoso
de conceder la posibilidad de una inteligencia cósmica. Pero
teniendo presente que el término “cósmico” involucra un
mundo físico, no uno sobrenatural. Este reconocimiento trae
consigo la probabilidad de que existan muchas más de tales
inteligencias.
Por consiguiente, permítasenos primero
adjudicarle el pensamiento a una mente, es decir, las
funciones de un cerebro orgánico que podría ser el resultado
de cien mil o más años de evolución. Para desarrollar esto
en extenso, sin embargo, deberemos apartarnos por un momento
del tema, imaginativa y creativamente.
Considere esto: según los cálculos
actuales, hay cerca de mil millones de billones de estrellas
– 1.000.000.000.000.000.000.000 (10 a la 21 potencia) - en
nuestro universo. Nosotros tenemos aquí la base para un
cómputo aproximado del número de planetas que podrían
albergar vida inteligente.
Como es comúnmente sabido, sólo uno de
los 11 planetas de nuestro sistema solar alberga vida
inteligente. Si de cada una de los millones de estrellas
sólo uno de sus planetas alberga vida inteligente, hay mil
billones (1.000.000.000.000.000 -.000001%, es decir, el
uno/uno millonésima) de los planetas de las estrellas de las
10 a la 21 potencia que sostienen vida inteligente. Si sólo
uno de cada millón de esos planetas alberga vida inteligente
muy superior a la nuestra, entonces unos mil millones
(1.000.000.000,) de planetas, tres trillonésimas (es decir,
.000000000001%), de las10 a la 21 potencia de estrellas,
albergan vida inteligente muy superior a la nuestra. Estos
guarismos representan el uno/uno millonésimo% (.000001%) de
vida inteligente y un tres trillonésimo por ciento
(.000000000001%) de vida inteligente superior en un planeta
de cada millón (1.000.000) de estrellas.
Considerado la probabilidad matemática
que en éste es el caso, tales inteligencias poseerían las
características básicas y habilidades con las que nosotros
definimos a nuestros dioses. Si cada uno de estos planetas
alberga una población de no más de mil millones de adultos,
lejanamente superiores a nosotros, hay por lo menos un
millón de billones de dioses.
Permítasenos volver entonces a la
naturaleza de nuestros dioses. Incluso el eminente Carl
Sagan - cuando no era el arrogante y mayor oponente de von
Däniken por decir eso que él, el mismo Sagan, sostenía como
posibilidad - se refirió a la leyenda de Oannes como
merecedora de "estudios críticos” interpretables como un
"contacto directo con una civilización extraterrestre”.
Un concepto de dioses que han
evolucionado por muchos centenares de miles de años no es lo
que los teólogos tienen en mente. Tales dioses, si están en
nuestra presencia, son asequibles a las facultades de los
sentidos. En la historia del hombre, esa presencia se ha
descrito en términos inequívocos.
Seguramente, un dios inmaterial, o sea
espiritual, no podría haber causado el cataclismo físico
que, según la Biblia, tuvo lugar en Sodoma y Gomorra.
Cualquier científico serio rechazaría la posibilidad de que
efectos físicos fueran causados por otros agentes que no
fueran acontecimientos físicos. Por "físico" incluimos
todas las formas de energía.
Los dioses de von Däniken existen en la
misma dimensión física que nosotros. No queremos decir que
ellos se transformarán de no-corpóreos en forma material a
nuestra conveniencia como en la historia del Jesús físico,
el mesías hebreo, y Su inmaterial, es decir, espiritual,
Padre.
La mayoría de los dioses del hombre, como
el dios cristiano, son definidos como transcendentes,
sobrenaturales, inmateriales, esto es, espirituales e
inaccesibles a las facultades de los sentidos de los
hombres. Salvo como conceptos contradictorios en todo el
mundo, tales dioses están definidos como incognoscibles
aunque el lenguaje dé la falsa impresión de que ellos pueden
ser conocidos.
Ése es el idioma que los teólogos, es
decir: los papas, sacerdotes, ministros, rabinos, usan
cuando presumen de ser capaces de describir a sus dioses con
notable detalle y saber lo que esos dioses exigen
específicamente de nosotros. Ellos guían nuestras acciones,
ven, oyen, y saben cada acto bueno o malo de cada habitante
y criatura en el Universo - todo en un momento dado. Y, más
notable todavía, en este mismo momento en que nosotros nos
mutilamos, nos asesinamos, nos torturamos, o nos
embrutecemos, tales dioses inmateriales dicen protegernos.
En cuanto a la inteligencia cósmica,
debemos ahora embarcarnos en lo que para algunos es una
posibilidad viable mientras que para otros es un vuelo de la
imaginación. Esto es, sin embargo, menos descabellado que un
dios inmaterial o espiritual.
Permítasenos fantasear que nosotros
estamos parados en una roca en un extenso campo abierto,
disfrutando del fulgor de las estrellas. De repente, notamos
que nos estamos haciendo más pequeños. Nuestra disminución
continúa. Nosotros debemos suponer para nuestro propósito
que nuestras funciones vitales no cesarán. Con el tiempo,
nosotros nos encontramos suspendidos entre las moléculas de
la piedra. Cuando nuestro encogimiento continúa, el espacio
interior de la roca adquiere proporciones astronómicas.
Finalmente, nosotros hemos “aterrizado" en un "mundo" que en
proporción a nuestro tamaño sería de la magnitud de la
Tierra.
Cuando miramos hacia el "cielo" notamos
poca diferencia entre éste y el que disfrutábamos
anteriormente excepto, claro, que los contornos de las
constelaciones familiares han desaparecido. Nosotros estamos
acostumbrados a pensar en la inmensidad del Espacio.
Ignoramos el hecho de que las distancias entre las galaxias,
estrellas y planetas en comparación a sus tamaños son poco
diferentes de las distancias entre los átomos, los
electrones, los protones, etc., en relación a sus tamaños.
Hay, no obstante, una diferencia crucial en nuestra
percepción. Nosotros sabemos que el "universo" en el que nos
encontramos ahora es una limitada roca. La experiencia
pasada nos dice que hay otros "universos", esto es, rocas,
como ésta.
Si ahora reemplazamos nuestra roca por un
ser inteligente, físico, sensible, esa entidad se convierte
en nuestro universo físico; y su "mente", "inteligencia",
"conciencia", etc., constituye nuestra
"inteligencia cósmica".
Es en efecto concebible que nuestros
soles, galaxias y planetas pudieran muy bien ser el
substrato físico del cerebro, cuerpo, pierna o punta del
pie, o algún otro objeto, como es el caso con nuestros
cuerpos que son los universos de los billones de entidades
vivas que se desarrollan dentro de cada uno de nosotros.
Permítasenos postular que nuestro
universo es la estructura del cerebro de una entidad gigante
de otro plano dimensional. Entonces, estamos obligados a
aceptar la tesis de que si fuera éste un cerebro capaz de
razonar en, por lo menos, el mismo orden de los seres
humanos (puesto que, después de todo, puede ser una
gigantesca ameba, un perro, un mono, o una criatura
desconocida para nosotros), no sería de ninguna manera capaz
de comunicarse con nosotros. Una inteligencia tal apenas
podría ser consciente de nuestra existencia, salvo
posiblemente en conjunto, o a no ser que pusiera a uno de
nosotros en el portaobjetos de su microscopio. Pero hay
razones más serias por las cuales no habría comunicación
entre ésta y nosotros.
Hay diferencias radicales en el espectro
de la composición física de los billones de entidades
sensitivas diferentes de la Tierra, y en otras partes del
Universo, como los diversos insectos, animales, niños,
delincuentes, personas dementes o con deficiencias mentales
(como Woody Allen describió a Dios en uno de sus filmes). Es
obvio entonces que existen diferencias radicales en el
espectro de las mentes - humanas y cósmicas.
No queremos aquí hacer alusión a las
diferencias en la naturaleza del continuo espacio-tiempo
sobre el nivel macroscópico frente al cuántico.
Hace tiempo ya, en el siglo 17, el
filósofo John Locke, y otros antes y después de él, se
ocuparon de la fuente del conocimiento. Locke postuló que
esa mente no es sino una tabla rasa (una pizarra en blanco)
en la que se ha escrito toda nuestra experiencia, y que esta
experiencia proviene por completo de nuestras facultades
sensitivas. No hay ninguna necesidad de entrar en la
historia del debate filosófico que siguió. Sin embargo, el
resultado importante de ese debate fue el reconocimiento de
que el conocimiento antropomórfico que nosotros atribuimos a
los dioses inmateriales no es posible sin las facultades de
los sentidos.
Nosotros podemos reconocer sin duda la
validez de esta tesis si prevemos los bebés nacidos sin ojos
(es decir nervios ópticos). Sus mentes estarían desprovistas
del conocimiento del color. Extienda esta deficiencia
perceptora para incluir todas las facultades de los
sentidos. Debería hacerse patente que tales bebés nunca
podrían desarrollar mentes. Ellos permanecerían por siempre
en un estado "vegetativo", es decir la "pizarra en blanco”
de Locke.
En ningún momento en la historia del
hombre ha habido un ápice de evidencia de que la mente o el
conocimiento sean posibles en ausencia de una estructura
física. Los recientes avances en la biología demuestran que
la vida y la mente, en el más claro sentido de la palabra,
que implica conciencia, conocimiento, experiencia humana o
animal, etc., o cualquiera de las funciones de la vida
animal como la vista, el oído, el gusto, el tacto, el
olfato, el pensamiento, requieren un sustrato físico. Los
elementos particulares, substancias, y las cantidades que
dan lugar a esas cualidades particulares: ojos para "ver",
orejas para “oír", narices para "oler", cerebros para
"pensar".
Nótese la variedad de facultades
sensoriales en el reino animal y la naturaleza de sus
experiencias adquiridas.
Un cerebro piensa según el aporte pasado
por las facultades sensitivas. Si nuestros dioses no son
físicos no pueden poseer las cualidades y atributos que sólo
son posibles como salidos a partir de los emergentes de las
interacciones físicas.
Por consiguiente, la vida y la mente
surgen de las estructuras físicas sensitivas, es decir que
reaccionan ante otros elementos físicos y substancias (la
luz, el sonido, la electricidad, los químicos, o la
materia). Es más, la vida y la mente son cualidades de las
substancias físicas así como la liquidez, la transparencia,
y la habilidad para sofocar el fuego son cualidades del agua
que surgen de los gases hidrógeno y oxígeno interactuando
entre sí en particulares cantidades.
Las únicas mentes comparables a las de
los seres humanos que las personas informadas reconocen son
aquellas que son un complejo de actividad neuronal, de
interacciones electroquímicas de las aproximadamente 10 mil
millones de neuronas del cerebro.
El cerebro físico es el puesto de mando
de la actividad humana.
Si nosotros comprendemos la validez de la
tesis de que estas actividades son “causadas" por el
cerebro, debemos incluir, también, todas las cualidades que
atribuimos a los dioses, como el conocimiento, el
entendimiento, el pensamiento, la visión, el tacto, el
gusto, el olfato, el oído, etc. Por consiguiente, los
conceptos que tenemos de la mente, la inteligencia, el
pensamiento, las ideas, siempre están dados en términos
relativos a un cerebro físico en funcionamiento que almacena
nuestras observaciones y explicaciones de acontecimientos
físicos y conducta y nuestras elaboraciones imaginativas.
Las personas racionales seguramente no
pueden ignorar la claridad y coherencia de la bíblica
descripción de Ezequiel de una nave espacial y sus
ocupantes, como la definió Joseph Blumrich en “Ezequiel
vio una nave extraterrestre”. El informe de Ezequiel
resistió el escrutinio crítico, el conocimiento tecnológico,
y el calibre y competencia de este ingeniero que participó
en la construcción de la nave espacial Saturno Cinco de la
NASA.
En este artículo he ofrecido argumentos
filosóficos y científicos en apoyo de la Hipótesis del
Antiguo Astronauta. Gracias a los prodigiosos esfuerzos e
investigación de von Däniken y muchos otros teóricos del
Antiguo Astronauta, datos relevantes, que se han ignorado
convenientemente o se han pasado por alto durante siglos,
han sido seleccionados de documentos históricos que, vistos
como un todo coherente, atestiguan, por lo menos
circunstancialmente, la naturaleza física de nuestros
dioses.
Un estudio de estos datos le demostrará a
cualquier persona racional, que sostiene la tesis de que
todos los hechos e hipótesis deben estar sujetos a la fría
luz de la razón y la evidencia empírica, que ésta tiene la
responsabilidad de mantener la mente abierta a la
posibilidad y viabilidad de la hipótesis del Antiguo
Astronauta y la naturaleza física de nuestros dioses.
EL
AUTOR es doctor en
filosofía egresado de la Columbia University (EUA).
Es fundador y
presidente de The National Council for Critical Analysis, y
editor de The Journal of Critical Analysis y The
Journal of Pre-College Philosophy.
Ha publicado gran número de
libros y artículos, algunos de ellos relacionados con la
hipótesis del antiguo astronauta.
© Pasqual S. Schievella – Derechos reservados.
Traducido y publicado con autorización expresa del autor.
Prohibida su reproducción sin permiso del autor.
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