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Es
sobradamente conocida la existencia en las leyendas chinas de
extraños dragones voladores que surcaban ruidosamente los
cielos del antiguo Imperio del Medio.
Los Hijos del Cielo (título que recibían los
soberanos en China) tenían relación estrecha con estos
inclasificables saurios, a punto tal que se afirma que
“el rey de los dragones fue al mismo tiempo el padre de la
primera dinastía”. Pero, claro está que, tomando al
pie de la letra lo dicho, resulta absurdo por completo el uso
de un criterio zoológico para desentrañar el misterio de tales
supuestas “bestias primitivas”, ya que, por más que lo
intentemos, no podemos imaginar a cierta especie de reptil
volador dirigiendo el destino del imperio (como padre de la
primera dinastía), de modo que suponemos lícitamente que la
explicación debe de orillar otros rumbos. Por otra parte, está
escrito que “los hombres santos y los soberanos habían
montado también en dragones, como los dioses”, y ello nos
invita a realizar comparaciones con otras descripciones del
pasado sobre constantes viajes aéreos, sea en “pájaros de
trueno”, “serpientes aladas” y demás rarezas,
protagonizadas por los dioses y determinados personajes clave
en las respectivas historias de los más diversos pueblos, casi
obligándonos a concluir que no estamos ante simples
“coincidencias de la imaginación”.
Obra de la artista china Luo Qingxia inspirada en los versos
del poeta Qu Yuan
Un dragón laborioso
Las Islas Carolinas constituyen el más importante de los
archipiélagos de la Micronesia. Una diminuta isla de 0,44
kilómetros cuadrados, llamada Temuen, debe absolutamente toda
su importancia a un único motivo: en ella se encuentran las
prehistóricas y enigmáticas ruinas de Nan Madol.
Enigmáticas debido a las imposibilidades técnicas que tales
construcciones implicaban para sus primitivos moradores. No
obstante, las leyendas se hacen cargo de las aludidas
imposibilidades centrando la cuestión acerca de la formación
de la isla – donde abundan los canales - y sus obras en la
figura del “dragón que escupe fuego”, auxiliado por su
madre, otro dragón por supuesto. Al parecer, la madre del
dragón habría abierto los canales con su poderoso soplido,
dando lugar a la formación de los islotes. Luego, el
“dragón que escupe fuego”, secundado por un ayudante mago,
habría hecho volar por los aires los bloques de basalto desde
una gran isla vecina, mediante la utilización de una fórmula
mágica, consiguiendo depositarlos en forma ordenada en Nan
Madol, sin que mediara intervención humana alguna.
A esta altura cabe acotar que los estudiosos vinculados
con la problemática de la posible visita de viajeros
extraterrestres a nuestro mundo en el remoto pasado han
argumentado, no sin razón, que este tipo de relatos puede muy
bien encubrir manifestaciones de alta tecnología. Sin
embargo, los arqueólogos de la escuela tradicional encuentran
otra explicación para el enigma de Nan Madol. Ellos afirman
que el supuesto dragón habría sido en realidad un cocodrilo
extraviado que, llegado a Nan Madol, fue el causante de
grandes trastornos, razón por la cual se incorporó a la
memoria de los lugareños en forma de leyenda.
¿Cocodrilo?
Desde luego, no deberá sorprendernos la simple solución
de los arqueólogos para el “dragón que escupe fuego”. De
hecho, otro buen ejemplo en este sentido ya lo habían dado los
glosadores bíblicos, para quienes el Leviatán, aquel
supuesto monstruo del caos primitivo, era también, ¡cómo no!,
un cocodrilo…
Vale la pena recordar ahora cómo se lo describe en la
Biblia, en Job 41:
(6) “Su cuerpo es como los escudos fundidos de bronce y está
apiñado de escamas entre sí apretadas”.
(9) “Sus estornudos relampaguean luz, y sus ojos son como los
arreboles de la aurora”
(10) “De su boca salen llamas como de tizones encendidos”.
(11) “Sus narices arrojan humo como la olla hirviente entre
llamas”
(12) “Su aliento enciende los carbones, y su boca despide
llamaradas”
(14) “Los miembros de su cuerpo están perfectamente unidos
entre sí, caerán rayos sobre él, mas no se moverá de su sitio”
(17) “Si alguno quiere embestirlo, no sirve contra él espada,
ni lanza, ni coraza”.
(18) “Pues el hierro es para él como paja, y el bronce como
leño podrido”.
(19) “La flecha no le hará huir; para él las piedras de la
honda son hojarasca”.
(21) “Debajo de él quedarán los rayos del Sol, y andará por
encima del oro como sobre lodo”.
(22) “Hará hervir el mar profundo como una olla, y hará que se
parezca al caldero de ungüento cuando hierve a borbollones”.
(23) “Deja en pos de sí un sendero reluciente, y hace que el
mar tome el color canoso de la vejez”.
(24) “No hay poder sobre la Tierra que pueda comparársele,
pues fue creado para no tener temor a nadie”.
¿Cocodrilo? Con toda seguridad, si así fueran los
cocodrilos nadie se hubiera atrevido nunca a hacer con ellos
zapatos y carteras…
¿Sofisticados helicópteros?
Como dijimos, muchos investigadores opinan que los
dragones serían en realidad ingenios extraterrestres,
amparándose en mitos precisos como por ejemplo el del
“dragón antorcha”, del que se cuenta que tenía la cara
de un hombre y su cuerpo era rojo como la sangre. Y
también se dice que “no bebe, no come. Cuando respira
levanta viento”. Incluso, algunos autores se han
arriesgado a suponer que la descripción “Cuando respira
levanta viento”, puede responder, comparativamente hablando,
al accionar de algún tipo de vehículo aéreo similar a
nuestros modernos helicópteros.
En cualquier caso, entendemos que mal podríamos adherir a un
juicio tal sustentándonos exclusivamente en la leyenda china
recién citada. Sin embargo, en la antigua Germania, la
conocida leyenda de Sigfrido y el dragón parece
coincidente con esa interpretación.
La historia se resume así: el dragón, negro como la
noche, pero de alas azules, se acercaba a Sigfrido volando muy
lentamente, “trazando con su cola amplios círculos”.
Tras un desigual combate, Sigfrido logró vencer al terrible
dragón, que “vomitaba llamas azules”, el cual
perece “en su propio fuego”, quedando el héroe
germano ensordecido por el “enorme estallido”
producido por el monstruo en ese momento.
Ahora bien, desde una óptica actual ciertos puntos del
relato nos llaman la atención: el dragón se presenta
ante Sigfrido volando y “trazando con su
cola amplios círculos”, ¿acaso es del todo
improcedente establecer aquí una comparación con el efecto
visual de las aspas de un helicóptero en movimiento? ¿Ese
extraño “vomito de llamas azules” guardará relación con
algún tipo de armamento?
El “monstruo” perece “en su propio fuego”,
produciendo en ese instante un “enorme estallido”.
¿Nos sorprendería hoy por hoy saber que un vehículo aéreo
derribado estalla ruidosamente y se consume en su propio
fuego?
Interrogantes al margen, los cocodrilos tan caros para
los arqueólogos nos siguen pareciendo ajenos a la cuestión…
Agreguemos un dato interesante aportado por el recordado Andrew Tomas (“No somos los primeros”), y citamos
textualmente: “A principios del siglo IV, Ko-Hung
describe un helicóptero en China: ‘Algunos han fabricado
carros voladores con madera procedente de la parte más interna
del árbol guinjo, utilizando tiras de piel de buey atadas a
unas palas rotatorias para hacer mover la máquina’ ”.
¿Serían estos antiguos constructores chinos de precarios
helicópteros hombres visionarios que en lugar de temer a los
dragones simplemente decidieron estudiarlos y copiarlos?
EL AUTOR
estudió abogacía en la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Es
periodista versado en ciencia y fue coordinador documental de
la revista Cuarta Dimensión, jefe de redacción de otras
publicaciones especializadas y actualmente es el editor de
antiguosastronautas.com. Desde 1980 ha publicado gran
número de artículos referidos a la hipótesis de las
paleovisitas extraterrestres.
© César Reyes
de Roa, 1999 – Derechos reservados.
La reproducción es permitida citando:
© César Reyes de Roa, 1999 – Derechos reservados – Reproducción autorizada por el autor.
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