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En lo práctico, no
hay en principio ninguna diferencia entre historiadores y
arqueólogos e investigadores de la teoría del antiguo
astronauta en lo que respecta a la búsqueda y reunión de
datos pertinentes para sostener una determinada hipótesis.
Porque, objetivamente hablando, todos ellos por igual
necesitan elaborar inferencias para describir los
acontecimientos pasados a partir de ciertos elementos -
documentos de variada especie, manifestaciones artísticas,
utensilios, mitos y leyendas, etc. -, o indicios que son a
veces escasos o se encuentran de algún modo destruidos.
Ninguno de ellos (a
diferencia de los biólogos, por ejemplo, que tienen a su
alcance la “cosa” que investigan y pueden en consecuencia
inspeccionarla) dispone del pasado mismo para hacer una
descripción inequívoca, conque toda explicación de los
hechos pasados supone ab initio una interpretación
que puede ser, según el caso, más o menos acertada. Así
pues, conceptos equivocados o juicios falsos son parte
insoslayable del problema y siempre es menester corregirlos.
Los aficionados a la
Paleoastronáutica, y especialmente aquellos que sólo
consultan material vía Internet, suelen aceptar como ciertos
determinados errores gruesos que lejos de sustentar la
viabilidad de la hipótesis de las paleovisitas
extraterrestres más bien la menoscaban.
Y precisamente, de
remediar un error bastante difundido nos ocuparemos a
continuación.
El
“alienígena” de la tumba de
Ptah-Hotep
Ptah-Hotep (o Akhti-Hotep) fue un
sabio egipcio que ofició de consejero de
Izezi, el octavo rey de la V Dinastía. Un
mural de su tumba, en Saqqara, lo representa sentado a la
mesa y disfrutando de un banquete que le ofrecen sus
sirvientes. Nada inusual, por cierto.

Sin embargo, al pie de la escena, uno de
esos sirvientes aparece en actitud de estar brindando una
ofrenda junto a una (supuesta) rara figura que a
primera vista, según se ha dicho alegremente, parecería
tener alguna semejanza con cierto tipo de “alienígena” que
los ufólogos clasifican como “gris”.

De cuerpo menudo
y baja estatura, algo cabezones y con oscuros ojos
almendrados mucho más grandes que los del lobo feroz de
Caperucita Roja, los “grises” aparecieron por primera
vez ante la vista del público en la portada de la revista
Look de octubre de 1966, para ilustrar un reportaje
sobre el controvertido caso del secuestro de un matrimonio
estadounidense – Barney y Betty Hill – por seres de otro
mundo; pero se hicieron sin duda definitivamente populares
recién una década después, en 1977, cuando llegaron a
Hollywood de la mano de
Steven Spielberg
en la recordadas escenas del contacto final de Encuentros
Cercanos del Tercer Tipo.

Desde entonces, “el hombrecito gris”
reemplazó al viejo “enanito verde” de las invasiones
marcianas de ficción de pulpa, convirtiéndose en un
personaje emblemático para la ufología. Y de algún modo, la
interpretación irreflexiva de alguien hizo que los
aficionados creyeran aceptable la idea de poner a “uno de
ellos” en la tumba de Ptah-Hotep al grito de ¡Eureka! Pero
así como no todo lo que reluce es oro, no todo lo que
parece ser es, necesariamente, un posible
“antiguo astronauta”.
En principio, hay que dejar en claro que,
nos guste o no, desde un enfoque estrictamente científico,
la hipótesis del antiguo astronauta (las paleovisitas
extraterrestres) cojea del mismo pie que la ufología: la
todavía no probada existencia de civilizaciones
extraterrestres – ni más avanzadas que nosotros, ni menos.
Por lo tanto, quien pretenda desarrollar con algún
fundamento una hipótesis de trabajo como ésta - no demencial
pero sí aventurada - debe cuidarse muy bien de no caer en
ligerezas tales como pretender desnudar a un santo para
vestir a otro. En otras palabras, hay que actuar con buen
criterio al momento de extrapolar. Y en tal sentido, bien
diremos que esgrimir como argumento pretendidamente válido
algo meramente hipotético y aplicarlo sin más, y con
carácter de indicio, para sostener otra hipótesis es de una
ignorancia supina. Y muy lamentable, por cierto. Conque, si
alguien quiere hablar con algún fundamento de “ET grises”,
sería prudente esperar, por lo menos, hasta tenerlos a la
vista de todos, saludando al mundo desde los jardines de la
Casa Blanca o dando un paseo por la Plaza Roja, para ponerlo
de algún modo. Mientras tanto, las visitas de seres
extraterrestres a la Tierra, antes y ahora (y cualquiera
fuere su apariencia física – cosa de la que en verdad no
tenemos ni idea) son nada más que una hipótesis.
¿Plausible? ¿Viable? Sí, muy posible y probable, pero, hasta
el momento, solamente una hipótesis de trabajo (por
definición: “La que se establece provisionalmente como
base de una investigación que puede confirmar o negar la
validez de aquella.”).
Ahora bien, si nos detenemos un minuto
para observar en detalle el rostro de un supuesto ET gris –
según se lo describe - y lo comparamos con la imagen
ampliada del, también supuesto, “alienígena de la tumba de
Ptah-Hotep”, quizá
podríamos vislumbrar algún parecido deseable. Pero no
olvidemos que el anhelo, en toda materia científica, está de
más. Echémosle un vistazo:

Tal vez el “parecido”
sea aquí lo suficientemente oscuro y engañoso como para
recordarnos aquel dicho popular que reza que de noche
todos los gatos son pardos, pero todos sabemos muy bien
que eso no es cierto y que sólo basta con acercarse al gato
lo suficiente para diferenciar su color. Y si uno es un
veterinario experto, seguramente sabrá además precisar si el
animal es macho o hembra y de qué raza. Así que, eso de
“zapatero a tus zapatos” es sin duda un buen consejo a
seguir y merece la pena tenerlo siempre presente en
ocasiones como ésta, cuando la Ufología se mezcla sin
cuidado con la Paleoastronáutica. A lo mejor una y otra
indagan algo semejante, pero no exactamente lo mismo,
de igual manera que antropólogos, historiadores y sociólogos
no llevan a cabo idéntico trabajo.
Por lo pronto,
diremos que la investigación PaleoSETI reconoce siempre un
principio científico básico, esto es, el de ir de lo
sencillo a lo complejo. Y no al revés. Y eso requiere una
entrenada cosmovisión del mundo antiguo que permita buscar
primero la explicación más “terrenal”, por decirlo de algún
modo, antes de apuntar con el dedo hacia el cielo…
Así las cosas, y
volviendo a esos gatos que de noche son todos pardos,
nada que tenga orejas de gato, cola de gato, bigotes de gato
y etcétera, se parece tanto a un gato…como un gato mismo.
Mencionarlo suena
quizá a perogrullada, pero no lo es en este caso ya que,
como veremos, nada se parece tanto al
“alienígena de la tumba de
Ptah-Hotep”
como… ¡una flor de loto en un jarrón!
La simbología de
la flor de loto en el antiguo Egipto
En el antiguo Egipto crecieron
dos especies nativas de plantas de loto: el loto blanco (Nymphaea
loto) y el loto azul (Nymphaea cerulea). Y para entender
acabadamente el significado de la obra pictórica de la tumba
de Ptah-Hotep es necesario saber que la especie más
recurrente en la iconografía es el loto azul, que tiene la
particularidad de que su flor se cierra y se hunde bajo el
agua durante la noche y sale y se abre al amanecer, cosa que
inspiró a los antiguos egipcios una estrecha asociación de
la misma con el Sol y con ciertos relatos cosmogónicos. De
manera que esta flor se convirtió para ellos en un símbolo
del Sol y de la creación; y también, por extensión, se la
vinculó naturalmente al concepto del renacimiento
(relacionado con la imagen de lo funerario); tanto así que
en el Libro de los Muertos pueden leerse algunos
hechizos que apuntan a cumplir la promesa de la resurrección
mediante “la transformación de uno mismo en un loto”.

Pero, más allá de su asociación
con la vida y la regeneración, el loto azul se relacionaba
también con la belleza, la sensualidad y el erotismo. De
hecho, Nefertum, considerado el “dios de los perfumes” había
emergido de una flor de loto, razón por la cual era
frecuente en el arte egipcio representar a los comensales de
un banquete junto a esta flor que los deleitaba con su
perfume.
Por consiguiente, basta decir
hasta aquí que la flor de loto guarda, evidentemente, una
muy estrecha relación simbólica con la escena representada
en la mastaba de Ptah-Hotep… ¡cosa que nada tiene que ver
con visitantes de otro mundo!
Definitivamente,
una flor…
Pero, ¿por qué, entonces, “eso”
que se muestra en la pintura se parece tanto a un
“alienígena gris”?, se preguntará - ¡insistirá acaso! –
usted, amigo lector. Y la mejor respuesta que a uno puede
ocurrírsele ahora ya salió hace tiempo de la ingeniosa pluma
de Antoine de Saint-Exupéry cuando escribió: "Para ver
claro, basta con cambiar la dirección de la mirada".
¡Hagámoslo ahora! Y dicho lo
dicho, y paso a paso…cambiemos la dirección de nuestra
mirada hacia una escena de la misma pintura de la mastaba
que muestra a dos sirvientes de Ptah-Hotep portando diversas
ofrendas para su señor…

Vemos claramente al primero de
los sirvientes llevando en su mano derecha una flor de
loto…y otra flor idéntica asomando desde la bolsa que cuelga
del brazo del otro sirviente que carga sobre sus hombros un
cordero.
En rigor, no haría falta agregar
aquí más nada si decidiéramos simplemente reemplazar ahora
las palabras que siguen por imágenes, teniendo en mente que,
si lo chinos no están errados, cada una de las últimas vale
por mil de las primeras...Sin embargo, para borrar
definitivamente toda duda veamos todavía a continuación una
imagen ampliada de una de esas flores de loto

...y girándola
para así cambiar de nuevo la dirección de nuestra mirada,
comparemos ahora su aspecto con el falso “alienígena gris”…

Para la RAE, misterio es
“cualquier cosa arcana o muy recóndita, que no se puede
comprender o explicar.” Por lo visto, lo que muestra el
mural de la tumba de Ptah-Hotep no es tal cosa…sino,
simplemente, ¡una flor en un jarrón!
EL AUTOR
estudió abogacía en la Universidad de Buenos Aires
(Argentina). Es periodista versado en ciencia y fue
coordinador documental de la revista Cuarta Dimensión, jefe
de redacción de otras publicaciones especializadas y
actualmente es el editor de antiguosastronautas.com. Desde
1980 ha publicado gran número de artículos referidos a la
hipótesis de las paleovisitas extraterrestres.
©
César Reyes de Roa - 2008 – Todos los derechos reservados.
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